La lógica por la ventana

Argentina's Juan Martin Del Potro, bottom left, and the team captain Daniel Orsanic, center, celebrate their victory in the Davis Cup finals, at the news conference in Zagreb, Croatia, Sunday, Nov. 27, 2016. (AP Photo/Darko Bandic) Croatia Tennis Davis Cup Argentina

Foto: AP

Quien diga lo contrario, miente: la Ensaladera no estaba en los pronósticos del más optimista, y no solo ayer, cuando la cosa comenzó 1-2 abajo en partidos y 0-2 en sets, sino desde el comienzo de un recorrido que terminaría siendo histórico, pero que comenzó rutinario.

v. Polonia: 1.3 (favorita)

El viaje a Gdansk, Polonia, fue en silencio. Recordemos que por aquellos días Del Potro no era parte del equipo que alineaba a Mayer, Pella, Berlocq y Olivo en la superficie que más le cuesta a los oriundos de la patria del polvo de ladrillo. Las curiosidades señalan que en aquel encuentro de marzo, entre dos equipos sin rankeados entre los mejores 20 y con un Yacaré inspirado, Argentina sería favorita por primera vez: pagaba apenas 1.3 en las casas de apuestas.

Quien diga lo contrario, miente: el cuadro dibujaba la certeza de que todo sería como visitante en el 2016, y ahora tocaba viajar a Italia, con un equipo que cambiaba completamente su alineación en medio de lo que parecía una verdadera crisis de raquetas argentinas. Era julio, una temporada en la que varios tenistas suelen llegar impulsados por el polvo, pero su líder, Mayer, había ganado solo 6 partidos desde marzo, camino a una temporada en que terminaría en el puesto 139. Pella había caído 20 puestos en el ranking, Mónaco volvía a ser opción gracias a un lejano título en cemento (abril), tras el cual había enarbolado apenas cinco victorias. Apenas Delbonis, con una docena de triunfos y una mejora en el ranking, daba señales de esperanza: y, de repente, quien no había jugado en Polonia era la raqueta número uno del equipo.

v. Italia: 2 (punto)

Aquel julio marcaría el regreso de Juan Martín Del Potro al equipo… pero, emprendiendo recién su regreso al tenis tras una inactividad que amenzaba con convertirse en permanente, Delpo era una incógnita. Y sólo jugaría el dobles. Fognini amenazaba con pintar las paredes con la sangre de los argentinos, como hiciera en su última visita al país, y con Seppi, una piedra en el zapato para el tenis nacional, como ladero, y Fabio dispuesto a jugar los tres días, parecía cuesta arriba.

Las casas de apuestas se inclinaban levemente hacia el local en aquellas jornadas en que, a no olvidar, el héroe no fue el regresado Delpo (de punto clave en el dobles con Pella), sino Delbonis: comenzó el viernes con un triunfo firme ante Seppi, y cuando “Pico” Mónaco se preparaba para salir a jugar el quinto punto, sorprendió dándole su propia medicina a Fognini, eliminándolo en su propio recinto. Venganza.

v. Gran Bretaña: 4.31 (banca)

Aquel era batacazo suficiente: el grupo se toparía con un peso pesado, que jugaba con tres puntos garantizados gracias a los dos singles de Andy Murray y su emparejamiento con Jaimie en el dobles. Sólo que ahora Del Potro regresaba dispuesto a todo, tras unos Juegos Olímpicos de ensueño que marcarán para siempre un quiebre en su carrera. Aún así, Argentina pagaba 4 dólares por cada 1 apostado, frente al gran favorito a llevarse el torneo, que llegaba con el tenista que terminaría siendo el mejor de la temporada, en su casa, Glasgow, y otra vez con superficie dura indoor.

El batacazo lo dio Delpo, de entrada, silenciando y azorando a miles de escoceses con su triunfo sobre su Andy: y la cosa continuó cuando Guido Pella desnudó el “plantel corto” de Gran Bretaña al ganarle a Edmund y dejar al borde del nocaut al local. ¡Qué atropello a la razón! El dobles se lo llevarían seguro, pero Delpo contra Evans o Edmund no tendría problemas… ¿verdad? En una serie que fue una verdadera ensalada de sentimientos, Delpo y Orsanic decidieron arriesgar en el dobles, que veían potencialmente parejo, antes que jugar un quinto punto con Juan Martín al límite físico, luego de haber llegado a cinco sets con Murray.

La lógica continuó su camino, con el triunfo del dobles y el de Murray ante Pella, pero con el quinto punto a cargo de un Mayer que a esa altura había bajado a los challengers, la victoria estaba menos que garantizada. Fue en cuatro sets el parto que llevó a Argentina a la final.

v. Croacia: 2.84 (punto)

Pero, ¿era posible que este grupo obrero consumara semejante hazaña? Siempre de visitante, ante rivales superiores en la previa, ¿podrían estos jugadores rankeados por encima del puesto 40 conseguir lo que no habían podido Vilas, Clerc, Nalbandian, Gaudio, Coria, Cañas, el mismo Del Potro, antes de las lesiones, en pleno ascenso? ¿Podría esta cofradía de trabajadores del tenis, liderados por un hombre que parecía al borde del retiro, romper un maleficio que llevaba 93 años?

El rival que tenía la respuesta era Croacia, que esperaba en Zagreb con, obviamente, superficie dura bajo techo. Argentina pagaba casi 3 dólares por cada dólar, otra vez como punto, porque aunque cada cruce era parejo, la lógica mostraba que había un solo camino para que los conducidos por Orsanic salieran campeones: con el dobles perdido ante una dupla sólida que había despachado a los Bryan, y el singles de Cilic frente a la raqueta dos nacional una muy alta probabilidad de derrota, Del Potro tendría que ganar sus dos partidos individuales, uno contra Cilic, seis del mundo. Y el quinto punto, que decidiría todo en el mejor de los casos, enfrentaría a un segundo singlista todavía innominado frente a Ivo Karlovic: el reemplazo del joven talento Borna Coric llegaba justo en su mejor año, 20° del mundo, con dos títulos en el lomo, una superficie que juega para él y una Ensaladera ya en casa.

“Un equipo, un país, un sueño”: el lema que acompañó al equipo argentino en la competencia parecía, en marzo, mera “venta de humo”. Orsanic lo volvió realidad: buscando que tener una raqueta superior no redundara en el habitual mesianismo argentino, hizo sentir a todos parte crucial de una obra en construcción. Mayer, Pella, Delbonis: todos tuvieron su momento, su momento insoslayable a la hora de contar la historia de esta Copa, mucho más que un granito de arena. Todos fueron protagonistas, porque el capitán eligió, desde el día uno, conformar una cofradía, no un equipo alrededor de un sólo jugador. Muchas esperanzas, en vez de una.

El quinto punto de Delbonis frente a Karlovic selló esa certeza: la mano firme de Orsanic brindó el marco para que un equipo sin rankeados dentro de los mejores 30 a lo largo de toda la temporada consiguiera la Ensaladera. Y si, la final podría haber salido para un lado, o para el otro, cierto: porque, en definitiva, para romper hechizos se precisa de un poco de magia, la que aportó la temporada iluminada de Juan Martín Del Potro. Pero la confianza de Orsanic en el grupo se encarnó en un Delbonis que se hizo cargo de su cita con la historia y que, como él mismo afirmó, sintió que “todos salimos a la cancha”.

Así, se tiraron todos los pronósticos por la borda y se rompió un centenario maleficio. Y hasta pareció sencillo, al menos fuera de la cancha, donde Argentina sembró buena parte de sus frustraciones pasadas: esta vez, todo fluyó sin las habituales rencillas egomaníacas, con bajísimo perfil y un transitar calmo de marzo a noviembre, a pesar de los cambios de nombre y las decisiones osadas del capitán.

Dentro de la cancha, claro, otra historia: todo fue sufrimiento extremo, el de un equipo al que no le sobró nada y que tuvo que pelearse por cada punto. Que atravesó mil y un momentos de derrota inminente. Todo, especias para la historia que le contaremos a nuestros nietos: ellos pensarán que exageramos como hacen todos los hombres mayores al recordar sus días de gloria. Buscarán entonces en el YouTube del futuro esta historia, y descubrirán que sí, que no sólo fue el triunfo más importante de la historia del tenis argentino: también fue uno de los más improbables de la historia.

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