Filmen la leyenda: un final para Hollywood

Para Diario EL DIA

“Es difícil tirar a la Peque”, afirma Laura Martinel, entrenadora de Paula Pareto desde los Juegos de Londres, y se ríe nerviosa: lo hace al recordar el instante, uno de esos segundos eternos, en que el Arena Carioca 2, poblado de brasileños que iban a ver el oro de Sarah Menezes, contuvo el aliento.

Transcurrían segundos apenas del combate, pero la coreana Bokyeong ya se mostraba dominante a partir de una velocidad incontrolable: Paula, con la emoción de pelear por el oro olímpico, se encontraba algo abrumada en esos instantes iniciales donde, de repente, vio como el mundo se daba vuelta. Bokyeong estaba consiguiendo voltearla.

Era el fin: en cámara lenta todos vimos el ippon de la surcoreana, el final del sueño. Pero finalmente, fue algo prodigioso, sólo posible por horas y horas de trabajo en silencio, viajes y desarraigo, dudas y cansancio: Pareto utilizó la cabeza para girar sobre el suelo, durante el lance de su rival, y evitar que Bokyeong marque puntos.

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El alma volvió al cuerpo de todos los argentinos presentes en el Carioca, infinita minoría frente a un público que amagaba con poner la tarde-noche de Río picante con sus abucheos, y que se cansó: los brasileños se quitaron la máscara de la corrección olímpica y comenzaron a corear por Corea, mientras la hinchada argentina se levantaba de las gradas para empujar hacia la reacción de la Peque.

Fue combustible: la Peque volvió tras cortarse en la boca y ser abucheada mientras era atendida con el carácter templado, decidida, y ensayó el waza ari que le permitiría consagrarse. Otro segundo dorado de los que construyen la historia. Entonces, de las mil pequeñas historias que entraron en los emotivos 4 minutos de combate, comenzó el desenlace de la gran historia del día, y quizás de todo el Juego Olímpico, para Argentina; el capítulo más glorioso de la épica leyenda de Paula Pareto, primera campeona olímpica argentina.

Porque era evidente que Pareto sería campeona olímpica. La diferencia conseguida sobre el tatami era importante, sí, y la argentina trabajaba con oficio la pelea sin dar opciones, pero era claro más allá de lo deportivo: una sensación de destino se percibió entre los presentes, que comenzaron a mirar el combate con la consciencia de que se trataba de un momento histórico.

Porque todo sucedía frente a los ojos de los presentes como en esas malas películas estadounidenses sobre deportes: Pareto era la heroína de improbable historia, la protagonista que practica un deporte ajeno a las tradiciones locales, que entrena durante años a 70 kilómetros de casa y que, entre medalla y medalla, se recibe encima de la carrera de Medicina. Faltaba solamente la cámara lenta (aunque los segundos no transcurrían a velocidad normal) la música incidental épica, los redoblantes que avisan el épico final de “Rocky”.

Y como en aquella saga de filmes, finalmente el reloj marcó cero y Paula, ahora campeona olímpica, levantó los brazos, en una postal para todos los tiempos, y se fundió en un abrazo eterno con los suyos que quiso hacer eterno: a Pareto y la tribu argentina que la rodeaba (familia, amigos, los que vieron a la heroína sufrir y llorar lejos de los reflectores) y le propinaba una paliza igual que la que recibió durante el torneo (pero una paliza feliz) los echaron del recinto. La euforia retrasaba el cronograma olímpico.

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La euforia seguirá por varios días más. Porque la historia tuvo final feliz: la deportista que encarna el amateurismo se llevó la medalla que representa esa entrega total a un sueño contra todos los obstáculos. Y la película que todos estábamos viendo tuvo final feliz. Como pasa en las películas. Pero como no suele pasar en la vida real. Por eso las lágrimas.

 

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