La tragedia y la risa

Publicado en Diario El Día

07-07-2016_buenos_aires_el_ex_boxeador (1)

Lo que no te mata te fortalece”, dice el remanido refrán al que muchas veces, en medio de algún sufrimiento personal, desestimamos como sabiduría popular, y que también es un lugar común a la hora de relatar las historias del deporte: sacrificio, decepciones y derrotas son palabras tan utilizadas para contar las vicisitudes del atleta, que han perdido algo de su mágico sentido. Tyson llegó el miércoles a Argentina, para presentar su unipersonal, “Undisputed Truth” (“Verdad indiscutible”), y devolver el sentido, poner el cuerpo, la carne desnuda, detrás de esas ideas.

En una única presentación en un Luna Park colmado, Tyson mostró cómo aquel magnetismo que destilaba sobre el ring, con su mirada letal y el knock out inminente e inevitable, pudo transmutarlo en electricidad sobre otro escenario, de la misma manera que destiló una personalidad condenada a una muerte joven y la transformó en un comediante que se ríe de sí mismo y su mito.

Pura simpatía, “Iron Mike”, ex campeón mundial de los pesos completos, se rió de los numerosos inauditos problemas técnicos (con el sonido y los subtítulos) y se adaptó a la circunstancias también sobre escena, incluso bromeando sobre las dificultades y enamorando al público con su espontaneidad, incluso a aquellos que no comprendían lo que decía en sus raptos de improvisación.

Tyson narra en el unipersonal que dio la vuelta por todo Estados Unidos y engendró un libro de reciente publicación su historia con humor y gran sentido de la autocrítica, y los golpes bajos (las referencias a los entierros de su madre, su hermana y su hijita) suenan profundos, brindan volumen al guionado show, gracias a su afabilidad y sencillez. Tyson no actúa: sus ojos se vuelven vidriosos en el relato que ya conoce de memoria, y su puño se cierra de impotencia al cerrar al show recordando el fallecimiento de una de sus criaturas, a tal punto que los subtítulos continúan revelando lo que el letal púgil de la voz de peluche hubiera dicho si la emoción no hubiera entrecortado su voz.

HUMOR Y TRAGEDIA. Son los momentos más sentidos de un unipersonal que no da tregua. Seguro, Tyson saca a relucir todo el tiempos su veta de showman, la misma que él y tantos otros púgiles pulen a medida que aprenden a promocionar sus peleas mientras ascienden por el lucrativo y traicionero mundo del box: “Iron Mike” se pone una peluca para imitar a Mitch Green, uno de sus célebres rivales con quien llegó a protagonizar una tremenda pelea callejera, recuerda cuando encontró a su ex mujer (“con quien todavía tenía sexo”) con Brad Pitt (“quería golpearlo… ¡pero es tan lindo!”) y se ríe numerosas veces de aquella recordada pelea en que mordió la oreja de Evander Hollyfield.

Pero siempre, el humor sirve para alivianar el horror: el de una vida marcada por la tragedia y las adicciones desde el inicio, con un padre que era el proxeneta de su madre y que no firmó el certificado de nacimiento de su hijo, y una madre alcohólica que trabajó la noche hasta que “murió de un corazón roto”.

Lorna murió cuando Mike ascendía rápido por el mundo pugilístico (se convertiría en el campeón mundial de los pesos pesados más joven, a los 20 años), y Tyson terminó siendo adoptado formalmente por su entrenador, Cus D’Amato, célebre coach de Floyd Pattersonque se llevó una de las grandes ovaciones de la noche: Cus, afirma el púgil en su sentido relato, le salvó la vida al sacarlo de la calle, donde ya desde adolescente robaba y soñaba con ser un criminal de valía. De hecho, fue en la calle donde descubrió su don para enviar al suelo a chicos mucho más grandes que él, y fue en un reformatorio juvenil donde conoció el boxeo.

LOS ESCANDALOS. “Aquellos chicos -los que descubrió practicando en el gimnasio del reformatorio- tenían los dientes rotos, las costillas rotas. ¡Pero estaban tan felices!”, recuerda Mike sobre el encuentro con su vocación. En uno de sus múltiples pasos por los hogares para jóvenes problemáticos se encontró también a Ali, y soñó con ser como él.

Pero no todo sería luces tras conseguir escapar de las calles neoyorkinas: las luces de la fama lo encandilaron, y tras protagonizar un escandaloso divorcio con Robin Givens, Tyson sufrió con las drogas y fue acusado de violar a una mujer, Desiree Washington, cargo que niega rotundamente durante el show, pero que le costó tres años en prisión.

No fue su único paso por la cárcel, pero sí el único que intercedió con su carrera: tras su estadía en una celda y su encuentro con la religión, volvería al ring para recuperar el título y protagonizar la escandalosa pelea con Holyfield, que comenzó con una nueva caída barranca abajo del boxeador: estafas de su entorno, incluido el silbado Don King, y nuevos problemas con las drogas, determinaron su retiro (y algunos arrestos más).

Hoy, relajado y recuperado, Tyson hace reír con su tragedia, marca del comediante en que se ha transformado (multiplica roles en Hollywood): entre su mística boxística y su carisma, tiene al público pendiendo de su hilo. Aunque admite que “tengo el gen de la adicción” y que “el fantasma de la adicción está esperando para tomarme por asalto en mi noche más oscura”. Cuando lo invade ese particular e intransferible sentimiento, dice Mike, recuerda las palabras de su mentor, Cus: “Las historias de los púgiles más importantes de la historia están llenas de derrotas en el inicio de sus carreras, pero no sabes quiénes son los que les ganaron, porque ellos se dieron por vencido. Hoy, los persiguen los demonios de lo que podría haber sido. Nunca te des por vencido. Porque el modo en que peleas tus peleas es el modo en que vivirás tu vida”.

Y como lo dice Tyson, tragedia hecha carne, un Sísifo obligado a cargar su enorme piedra una y otra vez hasta la cima de una montaña; y porque lo dice el Tyson encantador de audiencias, suena a demoledora verdad, y no a frase salida de un libro de autoayuda.

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