Un Rocky de nuestros tiempos

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El cine y el deporte han sido hermanos casi desde los inicios de ambas invenciones modernas: los cuerpos en perfecto movimiento y las proezas que trascendían los límites humanos se transformaron rápidamente desde la creación del cinematógrafo en objetos de deseo de los cineastas, ávidos de inmortalizar al hombre en su esplendor, desafiando a la naturaleza y triunfando.

Pero si al principio la historia fue meramente retratar la épica (el cine hollywoodense del deporte por excelencia) de modo siempre ligado a la propaganda política, con el tiempo aparecieron los matices: lo que quedaba oculto detrás de las historias de sacrifico y esfuerzo comenzó a ser develados, las caídas estrepitosas de los campeones atrayendo más, como tragedias griegas, a los artistas, que las historias de triunfo y ascenso. La sociedad cambiaba, se volvía menos ingenua, de guerra en guerra en este siglo XX, desenamorada de los discursos triunfalistas sin matices. Y quizás en el momento en que el público norteamericano más desaprobaba de su propia narrativa, el sueño americano devenido en guerras y crisis económicas, apareció “Rocky”.

“Rocky”, de 1976, retrata el documental “Rocky: le coup du poing americain”, es hija de su tiempo: la primera, no recuerdan quienes no son ávidos seguidores de la saga, es un retrato naturalista que termina en derrota sobre un boxeador inmerso en una ciudad empobrecida, deprimida, con un futuro igual de negro. El final es optimista, como en aquellos momentos lo era el discurso oficial: había, claro, una crisis que empobrecía al país, incluso de valores, de confianza. Pero había que volver a creer: Rocky Balboa cae ante el campeón, pero su futuro, por prepotencia de trabajo, se abre a nuevos horizontes tras esa pelea.

Los nuevos horizontes fueron cinco películas más, una más inflada que la otra: entrando en la década de los 80, el naturalismo fue dejando lugar cada vez más a la caricatura (hay robots domésticos, bandas sonoras compuestas por superestrellas y rivales bidimensionales, anabolizados también desde el libreto) aun cuando los momentos más icónicos (como el doble knock down de la segunda entrega, o la estrategia de la tercera) estuvieran inspirados en la realidad. El desbande culminó con una de las peores películas de la historia: “Rocky V” no hace justicia a la primera entrega, aquella que fue elegida mejor película por la Academia de Hollywood.

Para entonces, corría el año 1990 y el boxeo ya se había establecido como el deporte preferido del cine. Si narrar es contar la historia de un conflicto, nunca hubo conflicto más claro que el de dos hombres que se enfrentan en un ring. A la vez, el trasfondo de un mundo que exige un sacrificio monástico y que muestra los brutales extremos a los que se exponen las clases sociales más desesperanzadas con tal de escapar de la miseria, entregan todo tipo de aristas para convertir la pelea sobre el ring en algo más que una batalla deportiva: en un combate por vivir, por ser.

En paralelo, ya para 1990 el deporte era un espectáculo más: la TV era la principal aliada económica y llegaba a casi todos los hogares. Y muchos de los que se habían enamorado del boxeo en la saga de Rocky podían comprobar constantemente que el deporte nunca era tan épico y sus batallas nunca estaban tan cargadas de acción. Tampoco, claro, peleaban los púgiles sin guardia, ni intercambiaban trompadas hasta la autodestrucción: menos aún en el box actual, donde los atletas tienden a proteger su futuro. Mayweather es, de algún modo, el anti Rocky: lejos de intercambiar golpes, ha hecho un culto de la defensa y de que no puedan tocarlo.

Es que Mayweather, como Rocky, es hijo de su época: un campeón de un tiempo donde su cuerpo vale millones, ya no migajas como antes, gracias a que las grandes peleas son vistas por millones en todo el mundo. Y quizás por eso sea un tiempo menos emotivo: lejos de la era de los grandes gigantes, el deporte entrega pocos combates a la altura de las expectativas.

Demasiado clinch, jab, distancia. Nada del atrevimiento suicida de los personajes de Rocky: para disfrazar esta falta de épica y sangre, el box ha echado mano del cine, produciendo documentales en la antesala de los grandes combates para contagiar el sentido de que se está ante un gran acontecimiento, de que, como en el cine, no se trata de una batalla entre púgiles profesionales por la bolsa, sino que hay una narrativa detrás: amores, odios, sacrificios.

De esa era nació la inesperada sexta entrega de la saga de Rocky, “Rocky Balboa”, que resucitó una saga 16 años enterrada y, contra todo pronóstico, pudo agregar algo, mucho, a la historia del semental italiano. Porque, en tiempos post-9 de septiembre, el triunfalismo se ha evaporado de los norteamericanos: era el momento ideal, imaginó Stallone, para regresar a la estética despojada del inicio de la saga, para contar una historia agridulce de un viejo boxeador que todavía tiene una pelea más adentro.

Era el final perfecto para la imperfecta historia, hasta que a Ryan Coogler se le ocurrió que todavía quedaban historias para contar en el universo de Balboa, e imaginó a un hijo ilegítimo del mítico Apollo Creed, encarnación del campeón americano, fanfarrón y talentoso, luchando, siempre contra sí mismo (el enemigo, en Rocky, siempre es interno: siempre es la fe, y su falta), por ser digno portador del apellido del campeón legendario.

Su entrenador no podía ser sino Balboa, por lo cual Coogler tuvo que convencer a un Stallone que confiaba que había terminado con el papel. Menos mal para él: su rol en “Creed”, estrenada hoy en los cines de Argentina, le valió su segunda nominación a los Oscar, la primera en 40 años: la anterior, claro, por “Rocky”.

“Creed” insiste en la tendencia de ir hacia una estética naturalista, al revés que todos los filmes modernos de box, como “Southpaw”, que hacen hincapié en la espectacularidad sangrienta del deporte en tiempos de MMA. La cinta de Coogler, con Michael B. Jordan en el rol de Adonis (digno nombre para el hijo de Apollo) prefiere volver al olor del sudor y la mugre de gimnasios de mala muerte y las escenas de entrenamiento en solitario del héroe que son parte de la mística del boxeo y que la saga tan bien hizo.

Pero, claro, actualizando la deprimente estética de los setenta por una más optimista, callejera, urbana, pero con esperanza: Creed es un Rocky de nuestro tiempo, y el hip hop de protesta inunda la banda sonora (con ecos a la infablible banda sonora de Bill Conti colocados con precisión para hacer aflorar la nostalgia) representa a la perfección el medio hostil, complotado contra el héroe, y la épica de su capacidad de hacerse camino contra los obstáculos.

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Lo que hay que saber de Rocky, Apollo y Adonis

ROCKY I

Rocky vs. Apollo Creed

Apollo Creed, campeón aburrido, se queda sin rivales y le da una chance a un púgil de los bajos fondos “porque ese es el sueño americano”. Rocky Balboa es el elegido en lo que todos anticipan será una carnicería: nadie, nunca, se mantuvo en pie durante todo el combate contra el campeón. Pero Rocky sobrevive contra todo pronóstico 15 vueltas, y pierde por puntos.

ROCKY II

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Los medios dicen que Apollo no ganó la pelea y fuerzan una revancha entre Rocky y Apollo que ambos habían dicho que no existiría. Esta vez, luego de quebrar la resistencia de su mujer, que le implora que no se meta en el ring otra vez contra el mejor púgil de la historia, el semental italiano demuestra que la primera no fue suerte y gana la pelea.

ROCKY III

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Rocky defiende el título numerosas veces, pero su entrenador le consigue rivales de poca monta temiendo que la vejez, los combates y la riqueza hayan afectado la fuerza y el hambre de su púgil. Cuando se enfrenta a su primer rival serio en años, el poderoso y frustrado Clubber Lang, pierde estrepitosamente. Y para colmo, muere su entrenador. Quien lo ayuda a preparar la revancha, reestableciendo su hambre y dándole la velocidad y el brillo que supo pasear por el cuadrilátero, es Apollo, a cambio de un tercer combate que tiene lugar, al final del filme y derrotado Lang, a puertas cerradas.

ROCKY IV

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En medio de la Guerra Fría, el todopoderoso Ivan Drago visita Estados Unidos para hacer gala del poderío de la Unión Soviética. En su primer combate, una exhibición contra el retirado y americanísimo Apollo, el ruso mata al amigo de Rocky, quien jura venganza. Entrena en la nieve, valiéndose de medios naturales y pasando hambre y frío, y consigue desactivar a la indestructible máquina rusa.

 

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