Mastromarino: del retiro al bronce

En octubre del año pasado, era noticia por haberse convertido en el primer argentino en ganar la maratón de Buenos Aires en una década y, sobre todo, porque camino a la meta, liderando por delante de los invitados de Africa, Mariano Mastromarino era confundido con un intruso en lugar de con un competidor. “Salí de la carrera”, le exigieron cuando superó Peter Muasya y Julius Karinga, que llevaban la delantera, camino a su mejor marca personal: 2:15.28.

Aquella carrera lo metía en los Juegos Panamericanos, donde el intruso volvió a colarse en la historia: siguiendo la planificación, corrió una primera mitad conservadora (pasó 15° los primeros 20km, en 1:06.05) y, en el ondulante y complejo circuito  protagonizó una remontada de película mala para quedar cuarto en los 35, pasando el muro.

El tercero era Daniel Vargas, el mexicano al que alcanzó con apenas 2.000 metros de recorrido. Era podio e historia para Argentina, que desde 1951 que no conseguía una medalla panamericana en la maratón: en aquella ocasión, el oro olímpico Delfo Cabrera se quedaba también con la medalla del primer Juego Panamericano.

Y pensar que Mastromarino casi deja el atletismo.

Porque con jóvenes 28 años, el marplatense, como tantos atletas, no había conseguido resultados durante un par de años, y sin beca de deportes, imaginaba su vida como vendedor, lejos del alto rendimiento. Leonardo Malgor le sugirió a su entrenador de entonces, Daniel Díaz, que él podría volver a encausarlo, y Díaz, quien es socio de Malgor en su escuela de atletismo (Malgor Track & Field, emprendimiento marplatense que llevó dos atletas sobre once a Toronto y que domina las competencias de clubes), aceptó.

Malgor armó para “El Colo” una agenda basada en una serie de carreras rentadas que le permitieran al marplatense sustentarse del deporte mientras lo convencía para reorientarlo hacia la maratón: Mastromarino insistió durante un año con los 3000 con obstáculos y, tras quedar a apenas 4 segundos de la clasificación olímpica, aceptó la propuesta de su nuevo coach y comenzó, apenas meses después, a competir en los 42,195 metros.

Tres años después, ganaba con épica el bronce en la complicada pista de Toronto, quedando a 45 segundos de la frutilla del postre: la clasificación olímpica que buscará en Valencia, a fin de año, o en Rotterdam, el año que viene.

“Necesitaba correr fuerte pero creo que una vez que salí del parque, una vez que llegué a la parte llana, ahí empecé a levantar el ritmo, más que nada para mantener el cuarto puesto”, confesó Mastromarino, quien se encontró con Vargas muy cerca del cierre y agotado.

“No sé de dónde saqué las fuerzas”, reveló, con una sonrisa exhausta en el rostro. “Venía levantando, venía de un tramo muy fuerte. Había guardado un poco de energía para el final porque sabía que el circuito y la carrera eran muy duras. Intenté hacer una carrera de menos a más y por suerte se dio”, dijo tras la maratón, y previo a la tina de baño con hielo que lo esperaba.

“Tuve la suerte de tener un entrenador que entiende mucho de esto. Sabe leer mucho las carreras. Sabíamos que íbamos a correr así, sabíamos que iba a ser una carrera que, por el circuito y el clima iba a ser una carrera que no se iba a poder correr fuerte”, halagó a Malgor, quien tras su primera maratón no le dirigió la palabra por varios días luego de que Mastromarino desobedeciera sus órdenes y, confiado, pasara demasiado rápido los 20km para colapsar en el cierre.

Esta vez hubo obediencia del pupilo y festejo, otra vez, para la nota de color: Malgor, eufórico, se acercó al borde de la pista, cerca de la llegada, para alentar y celebrar. Mastromarino fue hacia él y casi se tropieza con el borde de la vereda. En el video, puede verse a Vargas a unos cien metros. Una caída hubiera significado perder la medalla, que no pasó de una curiosa anécdota para coronar la historia de quien sigue haciendo historia.

 

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