De la cabeza

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Las cubanas se caían. Pero Ana Gallay y Georgina Klug habían vivido en carne propia los vaivenes de un deporte dominado por la cabeza: con coraje, lejos de jugar a evitar errar, metieron el dedo en la llaga de sus rivales y empujaron al primer match point del partido.

Era punto para medalla de oro panamericana: un logro insólito para un deporte que cuenta con un bronce en su corta historia en los Juegos, un deporte dominado por Brasil, que desde 1999, año de la introducción del beach volley en los Panamericanos, a esta parte, había ganado tres oros sobre cuatro.

El otro oro lo tenían las cubanas.

Sacó Georgina. No buscó el medio, como en todo el encuentro, o se le abrió, y una vez más las cubanas pudieron preparar su ataque: pero el lenguaje corporal, cierta desidia en los brazos, en los movimientos, informaba que la dupla centroamericana había sido aniquilada mentalmente. El remate fue acompañado no por el habitual estruendo, sino por un golpe asordinado. Y Klug estaba esperándolo, adivinadora de intenciones serial.

Recibió. Gallay levantó pero dejó la pelota demasiado cerca de la red: apenas pudo tocar Georgina. Tocó astuta. Y las cubanas se hicieron un lío bárbaro. La salvaron una vez, pero a la segunda la mandaron a la red.

La pelota caía, caía eterna. Si tocaba la arena no habría vuelta atrás: serían oro panamericano. Toda una vida se les pasó por los ojos en ese instante perpetuo.

Era punto para medalla de oro panamericana: un logro insólito para un deporte que cuenta con un bronce en su corta historia en los Juegos, un deporte dominado por Brasil, que desde 1999, año de la introducción del beach volley en los Panamericanos, a esta parte, había ganado tres oros sobre cuatro.

 

ANA.

Nacida en Nogoyá, un pueblito de Entre Ríos con 40.000 habitantes y aroma a siesta, Ana Gallay comenzó jugando al vóley con la complicidad de su madre y un amigo del pasado. “Cuando era chica jugaba contra una pared, mi mama me ayudaba, me tiraba las pelotas para arriba”, recuerda los solitarios días de juego Ana.

Pero hubo que emigrar: Nogoyá, el club, el entrenamiento contra la pared, quedaban chicos. “Jugué hasta los 18, y después empecé a estudiar educación física. Mi meta estaba en estudiar, recibirme y trabajar”, cuenta Gallay sobre sus planes, que nada tenían que ver con el que los planetas habían delineado para ella.

Todo comenzó con un curso de arbitraje de beach vóley que hizo con el único objetivo de “subir mi puntaje de profe”. “Cuando fui a arbitrar pensé ‘este deporte yo lo sé hacer’”. Ana duró un solo día como árbitro: al fin de semana que viene ya jugaba al beach vóley.

Corria el 2007: no había Enard y el beach no pasaba de ser una diversión amateur. Gallay se convertiría, en los años que fueron desde su curso de árbitro hasta la creación del Ente, en una de las referentes, de las impulsoras del deporte. Recién en 2011, tras un trajín de cuatro años en el anonimato, clasificó a Guadalajara junto a Virginia Zonta y, ya becadas, comenzó con 25 años el camino del semi-profesionalismo. “Yo estaba trabajando de profe y pude dejar de laburar”, rememora.

Gallay fue olímpica con Zonta en Londres 2012, pero aquella sociedad se terminó tras los juegos. En 2013, encontró a Georgina.

GEORGINA.

Klug estaba en otra. Jugadora indoor durante buena parte de su vida, había vivido años de bonanza en la selección mayor, y luego etapas muy duras. “Viví lo muy lindo, le ganamos a Brasil en Sudamérica, fuimos al Mundial de Croacia, jugué en la mayor con 17 años con Postagrande, Romina Lamas, todas las grandes del vóley ARG, que emigraron cuando se quebró la FAV en su momento”, recuerda Georgina aquellos días de felicidad y posterior crisis.

“Después me desligué para estudiar (es kinesióloga) y cuando volví a la selección volví en un momento muy duro: me eligieron de capitana, tuvimos momentos buenos, hicimos podio en Copa Panamericana, pero con poca repercusión, en un momento donde muchas se habían ido afuera y había que empezar de cero”, cuenta. Eran años donde el actual andar de Las Panteras, que se metieron por primera vez en 20 años en un Juego Panamericano, era impensado.

“Punta enana”, como se autodefine, “fue un orgullo haber sido capitana, titular con 1,70 en la mayor”. Pero “soy una delirante”, acepta, lo cual condice con su extravagante personalidad en la cancha: “Toda la vida hice lo que quise”, explica, y resalta la paciencia y la confianza de su madre, que bancó “todas mis decisiones”.

Por delirante, Georgina se enamoró de la arena. “Fui a probar un día en la playa, y me invitaron a jugar el preolímpico: entrene tres semanas, me decían salta y pegale, no pienses en nada, ya te vamos a ir enseñando. Al año que viene empecé”, recuerda, y se ríe de aquella decisión.

“Estaba dedicándome al profesionalismo de indoor, me estaba por casar… y empezar de cero desde un deporte es muy difícil”, explica lo profundo de su aventura la santafesina (otra santafesina ganadora en Toronto), y revela que “mi mamá me conoce y sabe que no me gusta perder, y ella también es super ganadora, al punto que cuando empecé y no nos iba tan bien con una compañera no me iba a ver”.

CAE LA PELOTA TROPICAL.

La pelota de las cubanas sigue cayendo. En cámara lenta. Laten los corazones, se salen de la boca de Klug y Gallay.

La película está muy cerca de completarse.

“Cuando terminó la semifinal, punto a punto, el corazón se me estallaba: no me podía dormir, eran las siete de la mañana y me desperté, parecía que había salido a bailar, los ojos rojos, estaba hecha mierda”

La película que comenzó a rodarse dos días antes, con una victoria épica ante Brasil, el favorito, el acaparador de medallas. En un delicioso encuentro de noche, la explosiva dupla parecía que lo ganaba y después de caer en el segundo y 11-7 abajo en el tie-break, parecía que lo perdía a todas luces.

Pero la pelearon hasta el final, hicieron poner nerviosas a las brasileñas y su voluntad, su cabeza, venció. Fue uno de los puntos épicos para la delegación argentina, al cual se prendió todo un país por televisión.

“Cuando terminó la semifinal, punto a punto, el corazón se me estallaba: no me podía dormir, eran las siete de la mañana y me desperté, parecía que había salido a bailar, los ojos rojos, estaba hecha mierda”, contaría luego Gallay, quien caminó por la Villa Olímpica como si hubiera sido parte de la caravana que se prepara en Nogoyá si la pelota termina de caer.

“En el Mundial salieron primeras segundas y terceras: es un orgullo para nosotras y es por todo lo que laburamos”, contaba Klug, sobre el hecho de que la bandera de Brasil flamearía al costado suyo en el podio, y no por encima de todas.

Pero tras semejante descarga, tocaba el Cuba que las había vencido en los grupos. Fue en tie break, igual al que se avecinó luego de que Argentina descollara en el primer parcial y las cubanas en el segundo.

“Cuba es un equipo potente: estaba planteado sacar el saque al medio, ahí tienden a errar, pero si le recibís a cuatro, ya la otra entra derecho a armar y te rematan. Pensé que iban a estar menos tensas, erraron mucho, pero también nos hicieron errar a nosotras en el segundo set”, contaría Gallay.

Ese segundo set parecía todo para Cuba, pero la dupla criolla se repuso de un parcial muy desfavorable y llegó, finalmente, a pelearla. “Le dije a Ana, vamos a laburar que va a ser largo”, contó Klug, y Gallay admitió que “lo bueno es que lo pudimos remontar en el segundo, como para estar enganchadas en el tercero”.

Y al tercero vaya si salieron enganchadas: encendidas, no dieron chance a las cubanas, “mas tensas de lo que esperaba”, según Gallay, vencidas ante la confianza argentina.

LAS GUERRERAS.

Ya es hora: no tiene sentido retrasar lo inevitable. Las cubanas están vencidas aun sin haber sido vencidas. Y encima la pelota pica. Es oro. Es oro para Argentina, que, “con una mano en el corazón, no lo esperábamos: queríamos una medalla de cualquier color”. Quizás por eso explotan, se abrazan, dan una épica vuelta olímpica en la arena de Toronto.

Tal vez sean menos físicamente que Brasil, que Cuba, petisa Klug, magra Gallay, ellas tienen su “jueguito” y su “cabeza” para, en la arena, inclinar las balanzas biológicas: quizás por eso siempre están listas para una batalla. En la arena. Con público. El apodo que se imponía, reconoce Klug, era Gladiadoras… pero ya estaba tomado.

“Nos sugerían una gaviota… pero un pajarito que lo matás de un hondazo. Muy indefenso comparado con nosotras, que somos re brutas”. Así, entre descartes, nació el actual apodo. Son Las Guerreras: aguerridas como casi ninguna jugadora que se vio en el torneo. El beach es corazón y cabeza, decían tras Brasil: al menos así lo juegan ellas.

 

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LA CITA

Las Guerreras estarán del 31 de julio al 2 de agosto en Parque Sarmiento, por el circuito sudamericano de beach voley

 

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