Volver a volar

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Particularmente ingrato y solo apto para mentes de hierro, el salto con garrocha castiga incluso a los candidatos: un mal salto al principio, con frío y nervios, y las dudas ingresan irreversibles a ese recoveco inalcanzable de la mente. Los últimos pasos antes del salto, de coordinación y aceleración a la vez, son para los valientes: la duda provoca frenos en la carrera y empeoran el salto.

Así le sucedió a Thiago Braz, quien hace un mes saltó 5,92 para ser record sudamericano y esta mañana no pudo sortear 5,40. Y en esas andaba Germán Chiaraviglio, tras dos nulos en 5,20 y tras un año donde volvió a las marcas de los días en que surgió, marcando 5,60 para bronce en la Diamond League y 5,65 para oro sudamericano.

Respiró y sorteó los 5,20 en el tercero. No parecía que el garrochista santafesino se encaminaba a una jornada particularmente memorable, pero sabe Chiaraviglio de luchar: si, tras asomar como un prodigio, lesiones e inseguridades posteriores le impidieron acercarse a las marcas que lo habían, entre 2006 y 2007, catapultado al mundo.

En 2006 fue oro en los Juegos Odesur y en el Mundial Juvenil, con su mejor marca: 5,71. En 2007, Chiaraviglio fue bronce en los Panamericanos. Pero en Beijing no llegó a la final, y comenzó entonces una seguidilla de lesiones que convirtieron el deporte en sufrimiento. En 2012, Chiaraviglio no conseguiría los 5,60 para Londres. Osaka 2007 había sido su último mundial.

Pero en silencio, Germán, apoyado por su familia garrochista, siguió buscando lo que sabía había dentro suyo. Y este año ratificó que aquellos días oscuros habían quedado atrás, cuando volvió a rondar sus 5,71, record argentino, y además con regularidad y en los grandes torneos, demostrando su maduración interna.

Pero en los Juegos Panamericanos, con Braz, Barber, Da Silva y Blankenship, no era favorito para medalla. Y encima casi se quedaba en 5,20. Pero, al revés de lo que le sucedería a la mayoría, a uno mismo, a quien escribe, algo se destapó en Germán: adiós al miedo a irse en blanco y bienvenida la certeza de que, en una mañana de viento indomable que empezaba a bajar candidatos, la medalla, la historia y la confirmación, interna, de que el espinoso camino tenía sentido, estaban al alcance. Alto, allá arriba, es cierto: pero un lugar adonde Chiaraviglio acostumbra volar.

Ahora Germán saltaba 5,40, 5,60, en el primer intento. Alturas complejas para él en pasadas temporadas, alturas que había alcanzado en un puñado oportunidades solamente, quedaban atrás. Para él, pero no para el resto, que se quedaba en los 5,40. Chiaraviglio era oro o plata panamericana.

Comenzó el duelo mano a mano con el local Barber. Los dos tacharon 5,65, y cuando el canadiense pasó 5,70 (Chiaraviglio ya tenía un nulo), el santafesino pasó a 5,75.

Y entonces, la historia.

Por primera vez en su vida, Chiaraviglio pasó 5,75 metros. En el primer intento. Batiendo el record argentino de 5,71, suyo, y que databa de 2006. Chiaraviglio estaba de vuelta.

El resto fue Barber pasando 5,80 y Germán fallando en 5,85: pero, qué importaba ya. La hazaña estaba hecha. Superación, y no en el patio de la casa, sino en el gran escenario. Superación no solo de una marca, sino de las dudas, del pasado, de una vida peleándola. La medalla de plata es el souvenir de una jornada que tendrá para el santafesino el sabor de la perseverancia y la felicidad.

2 Respuestas a “Volver a volar

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