El legado

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El clavo final debió ser aquel triple de Ray Allen en el juego seis de las finales del 2013. Con la propia medicina, la de la experiencia, Miami vencía a San Antonio en un partido que parecía de los Spurs y hubiera decretado la serie. Tras aquel golpe, el juego siete fue pan comido para los Heat y todo apuntaba a un traspaso generacional, entre la gran franquicia del nuevo milenio y los nuevos chicos de la cuadra, listos para matar al padre y negar sus logros.

La familia de San Antonio se recompuso desde adentro, sin embargo, regodeándose con cada victoria de la temporada 2013/2014 dedicada, internamente, a los que habían dicho que aquellos viejitos estaban para el retiro. Empujaron a la venganza. Y demostraron, ante un Miami que, con apenas dos años de victorias, ya se deshacía de internas, por qué son tan importantes en la historia del básquet de la NBA: nunca en la historia de la liga más ostentosa de todos los deportes se jugó así, en comunión, compartiendo la victoria, y sólo esa solidaridad permitió el regreso de las cenizas.

Entonces, ¿por qué descorazona tanto esta rápida eliminación de los playoffs del campeón defensor? Nada dura para siempre, pero no todos los finales tienen una reivindicación como la del 2014. Además, cayó de pie, porque no sabe otra manera el elenco de Pop: seguramente haya sido la serie del año, en una liga que hace rato perdió los duelos de antaño. Apenas recuperó la memoria con la fugaz saga Miami-San Antonio, pero hoy los equipos se arman y desarman como tinkertoys y los equipos no construyen épica, no permanecen en la memoria, no generan insomnio en las masas.

Y eso que quizás no haya una mejor era de la NBA: cada equipo tiene un par de jugadores verdaderamente interestelares, y al semillero del playground la liga sumó lo mejor de todo el mundo para alimentar sus arcas globales y su show. Hay, sin embargo, una inmaterialidad en los equipos. Hoy, Golden State aparece como el futuro, y quizás se haga con el anillo; son los nuevos Thunder, una franquicia que parecía lista para la grandeza y se quedó en amagues. Los Warriors tienen rivales (Houston, y quizás los Clippers; y habrá que ver que pasa en el Este con Cleveland y Atlanta) pero, ¿alguien los odia? ¿Alguien los imagina imparables? Todo es muy flu: sin grandes rivales no hay manera de constituirse en grandes equipos.

San Antonio fue, durante años, un antídoto a un deporte demasiado orientado al show en Estados Unidos. Fue el corazón de la liga, a pesar de que durante años fueron considerados aburridos por su estilo FIBA de compartir el balón. Hoy, ya nadie piensa igual: cinco anillos en 15 años son suficientes para cambiar cualquier postura fundamentalista. Muchos han adoptado las enseñanzas, tácticas y grupales, del equipo conducido por Pop;  otros han surgido en respuesta, reverdeciendo el estilo NBA: no hay respuestas correctas. Lo único concreto es que San Antonio cambió el modo en que se concebía el juego.

Los Clippers, con un Chris Paul dolido pero excepcional buscando su anillo (hay una sensación de que, este año, cualquiera puede ganar) parecen haber terminado con un capítulo de la historia del basket. Las señales las dieron los Spurs durante la temporada, con un Duncan doliente, Parker apagado, Manu contando las horas y Leonard intermitente. Cerca de los playoffs levantaron el nivel, pero el sexto puesto en una conferencia ajustadísima decretó el cruce con uno de los equipos más peligrosos de la NBA.

Ahora, tras la derrota, los negadores cavan la tumba y preparan la ceremonia. Y muchos aceptamos que, quizás, haya sido el fin. Duncan tiene que pasar más tiempo en la banca cada año, y se vuelve menos preponderante. Manu será agente libre, y ya analiza el retiro para pasar tiempo con los suyos. Quedarán Parker y Leonard a cargo del recambio, pero, este año o el que viene, ya no serán nuestros Spurs, ya no estará el trío más ganador de la fase regular de la NBA.

Pero, después de los mil y un resurgimientos de la pandilla de los viejitos, por supuesto, hay margen para la duda. ¿Y si Manu renueva y acepta un rol de tirador? ¿Y si Duncan juega, solamente, los juegos cruciales, y lo hace como jugó el séptimo juego contra Los Angeles? El legado ya está escrito. Pero quien te dice que no queda un último rodeo.

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