Alta en el cielo

POR

Nayib Buganem

GREECE OLYMPICS BASKETBALL

El 28 de Agosto de 2004, quedará grabado en la historia del básquet nacional y mundial, porque fue en ese día, cuando un equipo de guerreros, una generación privilegiada , se colgó la medalla del color merecido en el pecho, la dorada, que los rebautizo con ese nombre, Generación Dorada.

Fue en nada más y nada menos que en la competencia más importante para este deporte a nivel mundial, en un Juego Olímpico y no en cualquier lado tampoco, fue en Atenas, la cuna de los juegos que cada cuatro años nos paralizan con su despliegue de disciplinas deportivas y que nos une como argentinos.

Tuvo un poco de todo. Revancha por el subcampeonato del mundo en el 2002, versus Yugoslavia, que tuvo un polémico desenlace, netamente perjudicial para Argentina, ese sabor amargo se fue rápido en el primer encuentro cuando los dirigidos por Rubén Magnano ganaron un infartante partido ante lo que ya había dejado de ser Yugoslavia y tomaba el nombre de Serbia y Montenegro. Esa palomita final de Emanuel Ginóbili, es el primero de muchos grandes recuerdos, en el torneo más glorioso que el básquet argentino ha vivido.

Otro que sale rápidamente en el recorrido es la victoria al Dream Team, si, otra vez, segunda en dos años. Luchando además contra la sed de revancha de los Estados Unidos, que seguían recibiendo golpes al orgullo por parte de estos atrevidos sudamericanos.

Vale ir destacando momentos, porque el logro no fue de un día hacia otro, el subirse a lo más alto del podio tiene un camino previo que hay que remarcar. La base del grupo ya era conocida desde inferiores del seleccionado, luego siguieron en él convergiendo todas piezas que encajaban perfecto, como si fuese un rompecabezas, que al terminar de armar, tuviera la imagen de doce fenómenos subidos al primer escalón con ramilletes y corona de laureles.

La conformación final, que fue en búsqueda de la gloria y logró la inmortalidad, era más o menos así. Un general de nombre Magnano, con doce guerreros. Un soldado de apellido Ginóbili, que hacía estragos en el campo. Cuatro enormes hombres, gigantes, llamados Oberto, Scola, Wolkowyski y Fernández, custodiaban bien la zona. Un tal Nocioni, peleaba a puño limpio, parecía no sentir dolor y no temerle a nada. El experimentado Sconochini marcaba el camino y el joven Delfino tomaba nota y seguía. El valeroso Herrmann, el preciso Gutiérrez, también eran parte. Los estrategas, Montecchia y Sánchez, ordenaban y plantaban de excelente manera al equipo, porque la cualidad más importante de ese grupo batallador, era ser un equipo. 

Todas las palabras que se le pueden dedicar son de agradecimiento, por haber causado una revolución en el basquetbol mundial (cuarta selección en la historia en ganar un Juego Olímpico, además de la URSS/Yugoslavia/EE.UU, cortando una seguidilla de tres consecutivos por parte de Estados Unidos), por haber llevado el nombre y la bandera de la nación a un nivel impensado en la disciplina, por habernos emocionado con su humildad y valentía. Por hacernos creer en el deporte y personalmente por hacerme amarlo todavía un poco más.

GINOBILI

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