De Trayvon Martin a Donald Sterling

Donald Sterling, V. Stiviano

El 13 de julio de 2013 George Zimmerman era absuelto por el asesinato de Trayvon Martin, un joven de 17 años que iba desarmado. Pero llevaba puesta una capucha y George consideró que era una amenaza: el jurado le dio la razón. “¿Cómo le explico esto a mis hijos?”, se preguntó Dwayne Wade. Su hijo le había pedido un buzo con capucha.

El racismo es un problema que excede largamente el basket de la NBA. Cada 28 horas muere un negro en Estados Unidos, luego de atrapar una bala de la policía. El deporte, lejos de ser terreno para la ejemplaridad moral, suele ser meramente un reflejo de la sociedad: el caso Sterling, el dueño de Los Angeles Clippers cuyas declaraciones racistas (y algo confusas) fueron grabadas y reveladas la semana pasada, es meramente la punta del ovillo de una historia profunda de segregación y sangre.

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Uno de los libros de Dave Zirin donde analiza la trama racismo-deporte

Cuenta el cuentito que gracias a los Jesse Owens, a los Ali, a los John Carlos, héroes de las luchas civiles por lo que resignaron para levantar la voz e inspirar a una generación, Estados Unidos es hoy un mundo mejor. Sterling es, desde esta óptica, observado como un bizarro exabrupto, un accidente. Existe una larga historia de representación del crimen en Estados Unidos como desviación, perversión, y por ende, como una anomalía estadísticamente insignificante: las fascinantes series de asesinos seriales que se producen en el país del norte son simbólicas de cómo ve Estados Unidos su propia criminalidad. Un país que elige mirar hacia otro lado, obviar que la marginación engendra violencia y que la violencia desde arriba no es un exabrupto, sino una forma sistémica y subterfugia de sometimiento.

Dave Zirin viene denunciando la trama compleja que tejen el racismo y el deporte en los Estados Unidos: sus valiosas columnas, a veces excesivamente paranoicas y obsesivas, alzaron la voz numerosas veces contra la explotación de los jóvenes deportistas en Estados Unidos, el modo en que las publicidades retratan a los basquetbolistas y la persecución de la prensa a todos aquellos deportistas negros que osan mencionar razones raciales como explicación de las injusticias: ídolos desde Barry Bonds hasta Rasheed Wallace y Allen Iverson han colisionado una y otra vez contra la prensa WASP de su país, que cree en la armonía última del cuerpo que es Estados Unidos y ve en el racismo o la pobreza enfermedades anomalías, no cuestiones estructurales.

Esta misma prensa se alzó durante esta semana contra Donald Sterling, un tipo con todo un prontuario de racismo. Adam Silver, el comisionado de la NBA que reemplazó al histórico y conservador David Stern,  echó a Sterling de la liga y le hizo pagar 2,5 millones de dólares como multa, paradójicamente algo así como el 0.5% de lo que se lleve cuando venda, forzosamente, su equipo por una montaña de dinero. También, claro, podría transferir el equipo a su mujer, Rochelle.

Es la mayor pena que la NBA haya dictado jamás: esta vez la notoriedad de las declaraciones de Sterling le iban a costar millones en anunciantes. Ahora, el magnate inmobiliario lleva cuatro décadas al frente de los Clippers, 40 años donde, si bien sus declaraciones no habían trascendido, todos sabían de sus inclinaciones. No hubo nunca antes indignación en la opinión pública y pedidos persecutorios de parte de los medios de comunicación: por lo tanto, la NBA no lo veía como un problema, y ante cada episodio decidía evitar palabras nocivas para las relaciones públicas y el marketing como “racismo”.

“Es la única oportunidad de muchos para mostrarse contra el racismo: es fácil hacerlo ahora, porque es tan escandaloso”, explicó Bomani Jones, que escribió en 2006 sobre Sterling y sus hábitos y recibió más visitas a su columna esta semana que en los pasados ocho años. Jones acusa a Sterling, además, de ser uno de los responsables de elevar durante años los alquileres para marginar a las poblaciones étnicas de los mejores barrios, un problema llamado discriminación habitacional: al lado de estos hechos ignorados por los medios y la NBA durante años, las declaraciones desafortunadas del ex dueño de la franquicia de Los Angeles le parecen pavadas faranduleras.

Al final los jugadores, que son quienes más arriesgan, terminan siendo los más valientes: si bien solo una minoría suele atreverse a opinar abiertamente de cuestiones de raza, esta semana hubo numerosas muestras simbólicas de solidaridad hacia el equipo de Los Angeles dentro de las canchas. Los Warriors habían decidido no jugar ante los Clippers el quinto juego si Silver no aplicaba la pena máxima; los Clippers se quitaron el uniforme y lo mismo hicieron los Heat. Varios equipos lucen en esta serie medias negras. Ya había ocurrido cuando absolvieron a Zimmerman, y el plantel entero de los Heat, campeón defensor, posó con capuchas; también cuando primero Phoenix y luego varios equipos del Sur lucieron camisetas con sus nombres en latino (“Los Suns”) como protesta a la ley inmigratoria promulgada en Arizona, persecutoria de los inmigrantes.

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Miami replicó la protesta silenciosa de los Clippers

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Los Clippers se sacarán el uniforme para cantar el himno, en protesta a las declaraciones de Sterling

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero, al final del día, el deporte, lejos de ser un ejemplo de rebeldía, busca evitar la confrontación: los jugadores se juegan el puesto y los equipos los anunciantes, que suelen huir despavoridos ante la más mínima señal de un conflicto que dañe su imagen. Los conflictos de raza, para colmo, son de enorme complejidad: es fácil ser políticamente correcto y apoyar cualquier manifestación antidiscriminatoria (la NBA, por caso, asimiló la protesta de los Suns y el 5 de mayo se celebra la “Noche Latina”), pero muy complejo combatirla de raíz, cuestionar valores y creencias naturalizadas de quienes, desde su rol de dirigentes, hinchas o auspiciantes, ponen el dinero que hace de la NBA el espectáculo global que es. El racismo no existe para la mayoría de la gente que lo practica, como sucede en todo el mundo, incluso en Argentina. Es su forma velada lo que lo vuelve peligroso.

Lejos de ser una meritocracia donde todas las diferencias son niveladas, el deporte superprofesional en Estados Unidos es un caldo de cultivo para el estallido de conflictos sociales. El grueso de los jugadores son jóvenes de piel negra e infancias marginales, recorriendo el país en el circo ambulante de la NBA para correr a las órdenes de una abrumadora mayoría de dueños blancos multimillonarios y alentados por hombres blancos que pueden pagar miles de dólares por una entrada. Cuando los jugadores levantaron la voz durante el lockout de 2011, pidiendo mejores salarios, fueron tratados por hinchas, dirigentes y particularmente medios como ingratos, vagos y consentidos: no fue visto nunca como un conflicto gremial que enfocara sobre los millones que levantan los dueños de las franquicias, sino como una extorsión de negros ricos que despilfarran el dinero.

Cada vez que un atleta se pronunció al respecto, fue desestimado por los medios y multado por la liga: la NBA niega que Sterling sea algo más que una anomalía, el asesino serial totalmente chiflado; niega que el pensamiento del ex dueño de los Clippers sea sintomático, incluso veladamente hegemónico, como demuestra la sentencia de Martin, la persecución de Allen Iverson y la imagen general que se tiene de los basquetbolistas, vagos, gamberros, “demasiado hip-hop”, como cuenta Dave Zirin. “Puedes sacar a un negro de los monoblocs, pero no puedes sacar el monobloc de un negro”, se llegó a decir, a propósito de los repetidos problemas de Ron Artest (hoy Meta World Peace), en una radio neoyorkina.

“Ellos son lo que el mundo acepta”, dice en el documental “Fab Five” Jalen Rose en referencia a los jugadores blancos y los negros “adaptados”, “y nosotros somos lo que odian”: Rose jugó en los Fab Five, el equipo de la Universidad de Michigan (casa de la industria automovilística y los Detroit Pistons, también villanos injustos por aquellos días) que llevó los monoblocs y una actitud contestataria al basket universitario. Por sus modos, la escuela recibió pilas de cartas de ex alumnos decepcionados con las nuevas formas del equipo de su universidad. En las misivas, llegaban a decir “¿qué esperan de un montón de negros estúpidos, ignorantes y vagos?”.

Pero, al final del día, ¿por qué se le pide al deporte que solucione los problemas de la sociedad, que sea ejemplar? Y justo al deporte, que si bien ha sido cuna de atletas ejemplares para diversos movimientos de derechos civiles, han sido ejemplares justamente porque sus proclamamientos implicaron una renuncia a su medio, un sacrifico económico, una condena: el deporte profesional, desde que está cooptado por empresarios dispuestos a capitalizar la masividad y la visibilidad del juego, es un lugar de fachada progresista, dispuesta siempre a tomar las decisiones políticamente correctas cuando, como el caso Sterling, los casos copan la opinión pública; pero antes, por el bien de su rentabilidad, de su marketing, esconden el problema, como se esconde al tío ebrio que dice pavadas en Navidad.

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