¿Puede Quilmes sacar a Peñarol?

La racha de 14 al hilo se cortó en el momento menos adecuado para Peñarol: el primer juego de la serie ante Quilmes, el que suele marcar el tono de la saga, fue para el Cervecero, en tiempo extra. “Acá estamos”, pareció decir hace dos noches el equipo conducido por Leandro Ramella, listo para una pelea que no está dispuesto a perder. Liderados en la cancha por Baxley, mejor extranjero de la Liga, y un Fernando Marín on fire (26 para él), Quilmes desestimó la historia y el 4-0 de la temporada regular y esta vez, a diferencia de los tres primeros juegos de la primera fase, sí pudo darle el golpe de nocaut al Milrayitas y desató el festejo.

Fue el partido del año en la LNB: paridad extrema, duelos picantes y un final infartante. Quilmes tuvo todo para ganarlo en tiempo regular (fue al entretiempo con 20 de luz), luego pareció que Peñarol lo ganaba por chapa y Campazzo, otra vez… pero no: los 36 del base del seleccionado no alcanzaron. La cosa fue a OT, y allí, contra todos los pronósticos, prevaleció el elenco de Ramella.

¿Y ahora? En el vestuario, el Tulo Rivero le habrá pedido a sus conducidos calma: después de todo Peñarol solo ha perdido el orgullo, porque con nivelar esta noche la serie le alcanza para seguir siendo candidato. Sin embargo, hoy (sin TV, desde las 21:30) jugará sin dudas al límite, y con su rival, seguramente agrandado, sabiendo que una nueva victoria lo pondrá muy cerca del batacazo.

Ya dio el primer golpe, y ratificó que estamos ante otro Quilmes, uno renacido deportivamente. Y se esperanza: por qué no, si es sabido que el 4-0 de la fase regular miente, es cierto. Peñarol sacó adelante tres partidos que tuvo casi perdidos, gracias a la garra, al azar y a Campazzo, pero los encuentros fueron batallas sin gran diferencia en la cancha, más allá de cierta chapa de los de Rivero. Solamente demostró la distancia deportiva entre uno (clasificado segundo) y otro (noveno) en el último juego antes de los playoffs, cuando Peñarol pasó por encima a su clásico rival.

El básquet es un deporte lógico, con bastante poco librado al azar y lo intangible, y gran parte del juego mensurable a través de las estadísticas y, por ende, proyectable. Quilmes eliminando a Peñarol, finalista cantado, carece de sentido matemático: y sin embargo, ahí están los primeros tres clásicos de la temporada y el primer encuentro de la serie para dar cuenta de que los clásicos son clásicos, se juegan con otra intensidad y por ende son partidos proclives al apuro, al error, y por ende, el azar y la voluntad cumplen un rol importante en el desarrollo. Y Peñarol-Quilmes, cuestión de Estado, se juega siempre a estadio colmado, rugiendo y escupiendo, siempre al calor de la pasión y al ritmo de la hinchada: es el mejor espectáculo que ofrece el básquet nacional porque paraliza una ciudad, porque se juega en la mejor cancha y porque se odian, pero además, porque la falta de equivalencias parece quedar anulada, suspendida, por momentos.

Estamos ante un momento donde el paradigma de la lógica estadística parece caer: en la NBA los candidatos pierden partidos como uno pierde las llaves, y ahora, Quilmes cortó una mufa ancestral y se le para a Peñarol con el pecho inflado. Peñarol enfurecido y necesitado, Quilmes con margen y habiéndose sacado el peso de la derrota perpetua: así se jugará hoy por la noche el segundo juego, un partido clave como lo será cada uno, del clásico más caliente.  ¿Pueden los de Baxley sacar a los de Campazzo? Parece difícil. Pero ya quedó claro que imposible, no, imposible nada.

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