Los Prometeos modernos

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Brian O’Driscoll ya es leyenda: uno de los mejores jugadores de la historia se retiró levantando el trofeo del Seis Naciones, primera vez para su Irlanda, y disfruta de su lugar en el Parnaso. Su disfrute, plantea el documental “Head Games” (exhibido esta semana en Bafici y dirigido por Steve James, el director de la mítica “Hoop Dreams”, también en cartelera), se verá probablemente recortado por las secuelas de salud que el deporte dejará, particularmente, en su cabeza.

Las evidencias de las severas consecuencias de las repetidas conmociones cerebrales en el rugby las aporta, curiosamente, el tío de O’Driscoll: Barry era asesor médico de la IRB (International Rugby Board) hasta que despotricó contra los cambios en las políticas de salud que seguía el órgano. El O’Driscoll médico cuenta como, en dos años, vio con impotencia la reducción del tiempo que jugadores con contusiones debían estar fuera de las canchas: de tres semanas a cinco minutos. Los cambios obedecieron a las presiones de los entrenadores y federaciones: en un deporte cada vez más duro e intenso, las plantillas resultan demasiado cortas para tener que perder jugadores que aparentemente están en forma. Detrás de esa apariencia, sin embargo, se esconde la oscura verdad de la encefalopatía traumática crónica.

La encefalopatía traumática crónica es una enfermedad neurodegenerativa que puede producir, progresivamente, síntomas de la demencia como pérdida de memoria, agresión, depresión y confusión. Llamada originalmente “demencia pugilística” por hallarse asociada a los boxeadores retirados, el documental de James muestra como son numerosos los deportes que producen atletas con ETC: una enfermedad que no puede diagnosticarse o verse con el paciente vivo, al necesitar examinarse el tejido cerebral, lo cual es una de las principales trabas para probar los vínculos entre los traumas repetidos que proponen ciertos deportes (particularmente conmociones o “subconmociones” cerebrales) y la encefalopatía; la otra causa es la resistencia del círculo deportivo, desde los dirigentes hasta los propios atletas, a estudiar el tema, a examinar a los atletas, incluso a charlar del tema o hasta para salir de la cancha después de recibir un trauma en la cabeza.

En la pantalla, Barry O’Driscoll explica cómo desde el propio deporte conspiran con el siga siga, mientras el montaje nos muestra a su sobrino, el mítico Brian, durante el Seis Naciones del 2013: el irlandés recibe un golpazo que lo deja grogui, sale un ratito pero, como las papas queman, vuelve a entrar, visiblemente inestable. Es marca registrada ver al centro irlandés en cancha, cubierto de sangre, y sus hazañas jugando con músculos rotos, tímpanos perforados y todo tipo de lesiones (retratados en la espeluznante infografía realizada por el Daily Mail y que reflejan los miedos de su padre a daños irreversibles al cerebro) agigantan su imagen ya legendaria. “Preferiría que no siga jugando”, dijo su tío Barry a fin de año pasado, pero O’Driscoll tiró un año más.

El documental (basado en un libro de Chris Nowinski, ex jugador de fútbol americano con síntomas de ETC que lo llevaron a descubrir una verdadera epidemia encubierta) pone la mira no sólo sobre el rugby, el fútbol americano y el hockey (deportes donde el peligro es evidente a primera vista) sino también en el fútbol: si el riesgo de cabecear se nos aparenta como mínimo y la hipótesis del documental, por ende, exagerada, quizás sea porque no solo los dirigentes desestiman el asunto, sino porque el espectador colabora permanentemente a negar cualquier implicación negativa sobre el deporte que ama. El deporte, esa narrativa que nos identifica, el deporte que da salud valores, no puede tener aristas negativas.

Los propios jugadores son víctimas que colaboran con la reproducción del desamparo a sí mismos: explotados por el circuito hiperprofesional, obligados a llevar sus cuerpos a límites inaceptables para sus músculos, alimentados con pastillas que intoxican su organismo para sostenerse en pie, ellos mismos no quieren abandonar el campo aún cuando están nocaut. La dulce ovación del deportista que se sostiene aún herido ayuda, y también obliga, como expone el filme, el no ser visto como débil, que implica una pérdida de estatus pero también el peligro de perder el puesto, de dejarle el lugar a otro.

Es que el deporte profesional es un trabajo, y por eso los deportistas son los primeros en minimizar los dolores: mostrado con crudeza por Oliver Stone en la gran “Any given sunday” (la película es recordada por el discurso final de Al Pacino pero no tanto por el jugador que pide que le inyecten cortisona para jugar y cobrar un bono, bajo el riesgo de quedar paralizado) son muchas las voces que comienzan a denunciar el castigo corporal que implica el profesionalismo. Agassi escribió en su biografía que debía dormir en el suelo y que levantarse le llevaba un buen rato: además, recibió, confiesa, más de una decena de inyecciones de cortisona a lo largo de su carrera para competir a pesar del desplazamiento de vértebra que sufría. “El deporte de alto rendimiento no es saludable”, escribe en su biografía Rafa Nadal, un guerrero que lleva en el cuerpo las marcas de sus esfuerzos sobrehumanos.

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El deporte de alto rendimiento es, en efecto, una lucha contra el límite del cuerpo. Si la práctica deportiva conlleva ya una superación de las propias limitaciones a través del entrenamiento, cuando la fama y el dinero entran en la ecuación es difícil detener lo que un atleta está dispuesto a hacer para imponerse sobre otros atletas que empujan sus cuerpos de igual manera abusiva. El doping es una consecuencia, no una rareza: lo que plantea Head Games es que la ETC también lo es, y en rigor, la idea es extensible a todo tipo de lesiones que los atletas sufren tras el retiro, desde dolores crónicos hasta discapacidades físicas.

La emoción de superar los límites, la violencia sublimada, apelan tanto al deseo adrenalínico del atleta como al del espectador, que busca emociones miméticas. Establecer reglas que disminuyan el riesgo no parece ser una opción, entonces: el riesgo (motivo por el cual los deportes llamados “extremos” son hoy tan populares) es un elemento necesario del deporte. Las reglas y seguridades lo atrofian, lo vuelven predecible, rutinario. El deporte conlleva riesgo.

¿Cuál es, entonces, el grado de riesgo aceptable? Encontrar el equilibrio entre el rigor físico y la salud asoma como un límite utópico, ingenuo, ante la tendencia de los atletas de volar demasiado cerca del sol, y de los clubes de empujarlos con exacerbados premios a ello. Pareciera claro, de todos modos, que una cosa es exponer a un atleta que voluntariamente pone el cuerpo a cambio de unos buenos dólares, y otra a un chico, más aún teniendo en cuenta que varios jóvenes y sus padres desconocen, por años de encubrimiento, los peligros reales de practicar ciertos deportes. El documental muestra como la cultura deportiva de los país no sólo ayuda a encubrir y negar riesgos, sino también a construir una sociedad apasionada que pone demasiado valor en la práctica deportiva, un legado que transmiten a sus hijos.

Ahora, también el atleta profesional ha sido engañado. También él confía demasiado ingenuamente en la fama y el dinero que da el deporte, desestimando que su carrera será corta y dejará poco margen para una formación más profunda que le permita no solo reinsertarse en el mercado laboral tras el retiro sino, también, manejar cuestiones básicas como su propia fortuna: “Broke”, el film de la serie “30 for 30” que abrió este año la segunda temporada, da cuenta justamente de este problema crónico en el deporte hiperprofesional.

Pero sobre todo ha sido engañado porque no hay claridad, desde las instituciones deportivos, sobre hasta qué punto el atleta está dando su cuerpo. El atleta piensa que más allá de algunos dolores, poner el físico a cambio de una vida de comodidad, es una inversión sabia. Le ocultan, sin embargo, los extemos de dolor que probablemente sufra tras su retiro, los costos de llevar cuerpo y mente a límites prometeicos. Le ocultan, y tampoco pregunta, que quizás de tanto pegarse en la cabeza no pueda recordar donde dejó estacionado el auto, o el segundo nombre de su hijo. “Quiero que me diga quién va a pagar el costo de los tratamientos médicos”, inquiere una congresista a Roger Goodell, comisionado de la NFL, en el documental.

El paraíso de la gloria deportiva es la recompensa prometida a quienes entregan el físico semana tras semana. Pero la fama pasa y es un arma de doble filo, y el dinero se gasta: a menudo solo quedan cuerpos rotos, mentes devastadas. Reconocer la existencia no de riesgos aceptables sino de una epidemia como la que denuncia el documental de James implica mucho más que cambiar algunas reglas: pone en tela de juicio la narrativa épica que sostiene el deporte, un discurso de sacrifico y gloria que nos atrapa a todos y que es utilizado por la corporación deportiva para vender su producto. No es de extrañar, entonces, que contra toda evidencia los dirigentes insistan en que no hay pruebas que vinculen el ETC al deporte: explotadores de los artistas itinerantes que son hoy los deportistas, no ven negocio en reconocer que el deporte de alto rendimiento es hoy malísimo para la salud.

The Boston Bruins' Nathan Horton lies injured on the ice after being hit by the Vancouver Canucks' Aaron Rome during the first period in Game 3 of the Stanley Cup hockey playoff in Boston

 

TRAILER DE “Head Games”

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