La estrella Pampa

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El auto se pierde en el predio de la Escuela Naval: de tanto buscar la cancha donde jugarán los Pampas XV ante la menores de 20 de Samoa, por la tercera fecha de la Pacific Cup, el conductor y el copiloto ya no saben dónde están. Apenas darán con el paradero del encuentro unos quince minutos antes del pitazo inicial, y eso que llegaron con tiempo de sobra.

El partido no se juega en la Escuela Naval sino en un predio cercano del Ejército: allí la confusión, ayudada por el desconocimiento general de los lugareños acerca de la existencia del match. No es un estadio sino una cancha con gradas y el habitual césped impecable de herencia inglesa. Con delicioso aroma amateur, con el coro de los pájaros y de los gritos audibles de los jugadores como en un entrenamiento, juegan las reservas de Los Pumas y la selección de Samoa.

Los Pampas han venido a Australia y abandonado la competencia sudafricana a la que estuvieron adscriptos desde su creación (la Vodacom Cup, que ganaron en 2011) en busca de adquirir un juego más veloz, vertical y fluido. Nada de eso sucede aquí: Samoa, al igual que Tonga, presenta una dura batalla física. Predomina el tackle y el partido se pica. Vencen Los Pampas pero la cosa termina en tangana.

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Pampas está formado por jugadores jóvenes del rugby local. En sus clubes las instalaciones no son las adecuadas para el alto rendimiento, y tampoco pueden entregar las horas necesarias a la preparación en las condiciones amateuristas en que persiste el rugby nacional. Hace ya cuatro años, surgió entonces la idea de crear una selección B que prepare a los jugadores locales para el rendimiento profesional: una catapulta a la selección, un adoctrinamiento en el estilo de juego, un salto de calidad en el roce deportivo. Un puente entre un rugby amateur desde la base, hacia un rugby superprofesional como el del hemisferio sur, con el Rugby Championship en la mira.

Los Pampas, como la mayoría de los jugadores nacionales del mundo, cobran por jugar: la idea no cayó bien en asociaciones conservadoras como la URBA, y muchos jugadores becados por el Plan de Alto Rendimiento no pudieron, desde el momento en que percibieron pago, participar en los torneos locales. Los clubes, así, se quedaron sin los mejores jugadores; la competencia nacional perdió jerarquía, volviéndose más imperioso ser becado y escapar del rugby local para no quedar “estancado”. El semillero del rugby, uno de los pocos deportes verdaderamente federales, parece de todos modos inagotable, y la cantera, más allá de ciertos atrasos estructurales, parece ser una escuela saludable.

Era una época de cambios. Los Pumas ingresaban en el Rugby Championship y buscaban agregarle fases a su juego para ser competitivos en un rugby de ataque constante e intenso. A esos fines, contrataban al ex coach de Nueva Zelanda campeón del mundo en 2011, Graham Henry, con resultados difíciles de discernir en un par de años marcados por transiciones, problemas internos y una competición que, esperablemente, está aún fuera de alcance para el rugby criollo.

El plan de Pampas XV para 2014, tras un par de años de resultados magros, fue volver a ser el equipo que no solo abastece a la selección en la ventana de junio (en que no pueden viajar los europeos) sino que busca establecer lo antes posible en el crecimiento de estos jóvenes el ADN nuevo-viejo de Los Pumas.

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Instalado en un bizarro hostel en la bella Roturua, el coche toma la audaz decisión de manejar 300 kilómetros de ida y 300 de vuelta para ver un encuentro de Super Rugby en Auckland. Juegan los Blues, el local, contra Cheetas, franquicia de Sudáfrica: los dos penan en el fondo de la tabla de sus respectivas conferencias. Por ende, la Casa del Blues muestra sus tribunas a medio llenar.

Pero hay varios nombres que obligan al viaje. Vuelve el jovial e implacable Ma’a Nonu a la escuadra de Auckland, tras escaparse a jugar con los Highlanders la temporada pasada y realizarse en enero una cirugía en el tobillo. Y de nueve juega el barbudo Piri Weepu, de enorme Mundial 2011 con la camiseta All Black. En Cheetas es capitán Adriaan Strauss, hooker de los Springboks. El argentino Francisco Pastrana, casualmente árbitro del encuentro, lanza la moneda y comienza el encuentro.

El partido alucina: terminará 40-30, con un total de siete tries y victoria para el local, lo cual aumenta el bienestar general. Cheetas convertiría dos de los mejores tries del mes, corridas de toda la cancha a partir de errores de manejo de los Blues: quizás erráticos por encima de la norma (los Blues también convirtieron cortesía de la defensa rival), las intercepciones y las pérdidas son lugar común en el vertiginoso rugby de la Sanzar.

Parte marca registrada, escuela de rugby, y parte mandato televisivo que ahora, para ampliar el negocio, pretende ampliar su liga a América Latina, Estados Unidos y Japón, la pelota sale enseguida de las formaciones. Sin ser la técnica abrumadoramente diferente a la de los jugadores argentinos, hay una versatilidad mucho mayor para jugar fruto de la costumbre, un número envidiable de variantes para llegar al try y también un acostumbramiento al rigor físico que requiere jugar con intensidad en toda la cancha durante los ochenta minutos.

Allí la falencia principal de Los Pumas en sus actuaciones del Rugby Championship: fueron usuales 50 o 60 minutos de igual a igual, incluso por momentos intentando jugar, convirtiendo tries y defendiendo de acuerdo a la costumbre argentina; para luego, en el final, desmoronarse físicamente ante rivales que no perdonan. En esos veinte minutos finales se estableció la diferencia entre la selección argentina y Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda.

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 Termina la final ante el equipo alternativo de los Reds, franquicia del Super Rugby, con triunfo para Pampas XV, nuevo campeón de la Pacific Cup. El encuentro terminó 36-21, con 6 tries apoyados por el elenco argentino, un número elevado para un seleccionado nacional que refleja una búsqueda distinta.

La estrella Pampa sirve especialmente como puntal para una futura selección argentina acostumbrada al roce y al juego de la Sanzar: vale más la experiencia que el resultado para una selección joven que sueña con ser Puma. Pero además, es buen marketing para terminar de incorporar una franquicia argentina al Super Rugby, que seguramente la conformarán estos mismos Pampas.

La entrada en el Super Rugby, otra gestión de Agustín Pichot, implicaría terminar de acomodar a Argentina en la elite del rugby, todavía hoy una decisión discutida por las diferencias deportivos con los nuevos socios de la Sanzar; incluso los propios países ofrecieron alguna objeción a sumar a Argentina al Super Rugby, a partir del magro año deportivo que fue 2013. Pero, según lo trascendido, estaría sumamente encaminada la creación, en 2016, de una franquicia argentina al torneo del hemisferio sur, que también sumaría otras plazas (Japón, Estados Unidos) buscando ampliar sus dominios empresariales. La inserción implicaría un brusco aumento de las entradas de dinero (más aún con el actual cambio) pero, a la vez, una responsabilidad para Argentina, tanto deportiva como infraestructural.

En este sentido, la mayor incógnita para la UAR continúa siendo la competencia interna: a medida que crece en el mundo profesional, serán más los casos de jugadores que pasarán a los diversos seleccionados del sistema rentado (Pampas, Jaguares, Seven) sin tocar primera. Otros, en la medida en que la URBA insista en su postura, no podrán hacerlo: serán profesionales sin lugar en el rugby amateur (así sucede con varios de estos Pampas que vuelven al país y no competirán, a menos que renuncien a sus contratos).

La cuestión es que, por más que crezca el rugby argentino a partir de sus seleccionados (el mayor roce, la preparación profesional), estas constituirán un átomo, reflejo del cuerpo todo del rugby argentino, particularmente de su semillero, que siguen siendo los clubes. Crecer solamente con un grupo seleccionado de jugadores (sean 30, 60 o 100) puede ser un modelo efectivo deportivamente, pero constituye, para uno de los pocos deportes federales del país, una oportunidad perdida.

La brecha entre el amateurismo local y el profesionalismo internacional amenaza con continuar ensanchándose en la medida en que el torneo preponderante del rugby argentino (el torneo organizado por la URBA) continúa resistiendo el ingreso de los contratados (aunque no de los becados…), dejando a los clubes sin los jugadores que producen, a los jugadores sin competencia y a la competencia sin jerarquía. Los clubes del interior ya tomaron la vía opuesta y se ven las caras en el Nacional que comenzó el 15 de marzo.

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 El avión despega desde Sydney y, tras una cena fugaz, la compañía decide que es hora de mandar a todos a dormir. Cuando vuelve a encender las luces, unas diez horas después, apenas hay tiempo para charlar con el plantel campeón invicto de los Pampas. Varios, además, duermen todavía, forzados por el cansancio, la diferencia horaria y el aburrimiento.

“Tenemos que acostumbrarnos a mover las piernas”, decía Lucas Ponce, forward de los Pampas XV tras la conquista de la Pacific Rugby Cup. Pampas se llevó el trofeo invicto, a pesar de lo cual fueron varios los miembros del equipo que enfatizaron la búsqueda de un estilo de juego sobre el resultado.

Es que el objetivo de las giras de Pampas no pasa por cosechar lauros sino por abastecer al seleccionado en el corto y mediano plazo. El cambio de torneo obedeció, en este sentido, a “cambiar el roce de los equipos sudafricanos por la velocidad de Australia”, explicó Santiago Iglesias Valdez: una apuesta con miras al Rugby Championship y a la posible incorporación de una franquicia argentina al Super Rugby, torneos donde el juego se caracteriza por la intensidad.

En la Pacific, Pampas encontraron una aclimatación perfecta: tuvieron la chance de enfrentarse a equipos alternativos de Brumbies y Reds, dos franquicias del Super Rugby, pero también a Samoa y Tonga, equipos de roce y tackle, brindando una mezcla perfecta para el equipo argentino, lejos de las dicotomías.

“Abandonar las raíces nunca: sí, agregarle velocidad a nuestro juego”, respondió Ponce acerca de si Pampas intentaba jugar abierto, como en el hemisferio Sur, o ser bandera del estilo nacional de tackle y defensa. El equipo mostró, según el propio head coach de Los Pumas, Daniel Hourcade (ex entrenador de Pampas y de gira con el equipo), “el tackle, el maul y la entrega que distinguen al rugby argentino”, aunque destacó que a lo largo de la gira “costó sostener el ritmo” y “hubo muchos penales, varios sin necesidad”.

“La final fue el partido mas duro, siempre las finales son duras, tensionadas”, reconoció Iglesias Valdez. Al equipo argentino se enfrentó Reds A, la alineación alternativa de los Reds (campeones del Super Rugby en 2011). Pero Pampas salió airoso de la prueba y, dos días luego de conquistar la Pacific, vencieron en un amistoso a otra franquicia del Super Rugby, los Brumbies: todo con 14 horas de diferencia y pocos días de aclimatación.

“Sin dudas, todos nos ilusionamos con jugar en el Super Rugby”, se esperanzaron Tomás Lavanini e Iglesias Valdez. Desde ya que el intento de jugar a otra velocidad trajo al equipo numerosas imprecisiones (pérdidas e infracciones) que fueron lamentadas por el cuerpo técnico aún a pesar de los resultados. Por supuesto, también, que “en instalaciones están muy lejos de nosotros”, como puntualizó Iglesias Valdez. Pero estos Pampas, que contaron con los medio scrum de los Pumas Landajo y Cubelli, demostraron que, cuanto menos, dan la talla para estar en la elite.

 

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