El fuego interior enciende y quema

Poco se sabe del año que Sebastián Crismanich pasó tras ganar el oro olímpico. Gonzalo Bonadeo escribió alguna vez que el taekwondista no se podía levantar de la cama, desmotivado luego de alcanzar las cumbres de la gloria o quizás presionado por una obligación de demostrar su valía desconocida para la mayoría de los mortales. Oficialmente Crismanich hizo un parate obligado por lesión: probablemente haya un poco de todo.

Un diciembre volvió. Todavía “a media máquina”, como reconoció el entrenador del seleccionado Jeovani Baeza, ganó un oro y una plata en la gira mundial. Pero la prueba de fuego, para su nivel y también para su cabeza, eran los Juegos Sudamericanos: allí combatiría bajo la mirada de todas las cámaras, apuntado por todos los competidores, obligado a medallear. Allí lucharía contra su gran enemigo: su pasado.

“Trato de olvidarme día a día de lo conseguido, porque ser campeón pesa, venir con esa mochila a los demás les da desconfianza, pero a veces es demasiada presión. Vengo trabajando en eso, en dejar atrás la mochila, en dejar el pasado en el pasado para seguir cosechando en el futuro: ese es mi propósito, sino ya me hubiese retirado”, reconoce Crismanich. Sus combates en los Odesur reflejaron los demonios internos del taekwondista.

Porque, tras una primera pelea tranquila, el campeón olímpico comenzó abajo ante el ecuatoriano Llivisaca y solamente contra la pared apareció la conocida furia llena de recursos para terminar aplastando a su rival y saltar a la final. Allí, las cosas serían mucho más épicas, de corte fílmico, de verdaderas pruebas de fuego para el campeón y su entereza.

El rival ubicaba el listón bien alto: el larguísimo Medina Ortiz, colombiano campeón panamericano, impedía la pelea corta gracias a sus piernas extensas, que manipulaba a voluntad para contraatacar. El Crismanich menos letal, el que combate con la cabeza, cayó en su red y se vió, merced de dos tiros a la cabeza, abajo 1-6.

“Cuando voy arriba me limito: es el temor a perder, la presión de tener que ganar. Pero la furia sale cuando voy abajo”, aceptó Sebastián tras la final. La furia explotó cuando la final parecía perdida, con un rival experto, especialista en esperar y golpear de contra y una ventaja que asomaba irremontable. Primero el heroico empate en seis; luego, un delicioso giro ante el ataque el desacomodado colombiano lo puso arriba por tres: ahora, el campeón parecía él.

Crismanich buscó cerrarlo: sólo él sabrá cuánto hubo de inteligencia y cuánto de apresurada mesura en la decisión. Al momento, parecía lógico: cuando, a 20 segundos del final Medina colocó un golpe a la altura del casco y empató la cosa, no tanto.

Argentino y colombiano fueron al punto de oro, una de las instancias más crueles y excruciantes del deporte. Crismanich aclaró su cabeza. Y volvió el de Londres, el que puede manejar a voluntad ese poderoso fuego interno, el que no deja que lo queme: el olímpico. “No podía arrebatarme. Abajo la pelea estaba muy trabado. Había que sorprenderlo arriba”: tal la receta ejecutada a la perfección. A segundos de iniciado el tiempo extra, tras un par de encontronazos cuidadosos, Crismanich hizo gala de su destreza para contener esa fuerza bruta de sus piernas y contraatacó otra vez con un giro a la cabeza. El combate, la medalla, y también quizás el alivio, eran suyos.

“Siempre he remontado combates que se creían perdidos”, contó el medallista sudamericano tras  la pelea, reconociendo que necesita verse abajo para explotar. Y reconoció que “poco a poco, me vuelvo a sentir el de Londres”. Un trabajo durísimo, una escalada contra miedos que le impiden desatar, por momentos, su destructivo potencial. Un trabajo necesario si quiere conseguir su objetivo:  “Mi gran ilusión es lograr algo que no se ha conseguido en Argentina: la doble medalla de oro”. Mientras tanto, ya tiene su tercer presea sudamericana.

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