Falla mejor

Publicado en Diario EL DIA

La diplomacia de Rafa Nadal no puede ocultarlo: está devastado en el cuerpo y en el alma. El rostro está deformado por la tristeza y el dolor. Las lágrimas se le escapan. De él se iban a escribir todas las crónicas: pero la lluvia no moja antes de caer y el campeón no es él. Los records tendrán que esperar, porque el hombre del tatuaje emotivo pasó de ser un top 20 volátil a ser un gran campeón de Grand Slam. Venció por primera vez en 21 años al uno y al dos en un Major (Brugera en Roland Garros 93) y, conducido por Magnus Norman, pasó a ser el 3 del mundo, sólo detrás de Nadal y Djokovic, por encima de su compatriota Federer por primera vez en su vida y con el año invicto y dos títulos en su haber.

Stanislas Wawrinka es “the man” de quien hablamos. Su crecimiento confirma la restauración de su confianza, pero también el crecimiento en inteligencia de su tenis, que ya no desborda de emotividad sino que es pura energía conducida. Su sensual revés es su arma de cabecera para desarticular la linealidad de los intercambios, pero la potencia de su derecha ha abandonado las vías del uno dentro y uno fuera y, ahora, no hay demasiados lugares por donde entrarle al suizo. Al saque, además, acuñó estadísticas verdaderamente destructivas: con el primer servicio, conquistó el 91% de los puntos en la primera ronda, el 83% en la segunda, el 90% en cuarta, bajó al 72% en octavos (contra Nole), el 82% en semis y el 87% contra Nadal.

Pero su mente, hechizada por el sueco Norman, es la gran diferencia entre este Stan y el del pasado. Y lo demostró al vencer, como hay que hacer para ganarle, dos veces a Nadal. Salió a la cancha convencido de sus chances y paseó a Nadal mientras estuvo sano con un tenis voraz: en el partido más importante de su carrera no había temor sino audacia en Wawrinka.

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Pero después entró en la espiral de un encuentro enrarecido por la lesión de Nadal y por sus dudas. Del nerviosismo durante el tiempo médico pasó a prácticamente sentirse culpable por ganar. Casi se autodestruye. Perdió el tercer parcial y, tras quebrar en el cuarto y final set, Wawrinka perdió el saque. Cuando se olfateaba el desmoronamiento del suizo, Stan recordó el tenis y la actitud que lo llevaron a ser un vendaval en el primer parcial: volvió a romper el saque de su rival y, con muchísimo sudor, pudo finalmente quebrar la resistencia del insobornable Rafael Nadal, nunca muerto aún muerto. Allí  miró a su equipo y se señaló la sien con el dedo. Stan había aprendido la última lección, la más difícil y necesaria para ser campeón grande: vencerse a sí mismo.

El heredero suizo es distinto: menos diplómatico y elegante que Roger, menos suizo en el estereotipo, un luchador del tenis y un laburante del circuito. Stan volvió tras una descorazonante derrota el año pasado ante Djokovic, tuvo su revancha ante Nole este año, sacó además a Berdych  y, finalmente se llevó el título contra todos los pronósticos: llevaba, ante Nadal, 13 encuentros perdidos y nunca había ganado un set. La historia de superación de este campeón en la madurez (su tenis y su historia personal mutaron con 28 años y la mayoría de su carrera ya escrita) volvió famoso su tatuaje: “Siempre trataste, siempre fallaste. No importa. Intenta otra vez. Falla otra vez. Falla mejor”.

Australia, torneo siempre sorpresivo entre el calor y la dureza muscular propia de las pretemporadas, guardó su sorpresa última para la finalísima: fue testigo de la caída del tricampeón Djokovic, del regreso de Federer al gran tenis, de la salida de la monarca del tenis femenino Serena Williams y también de su princesa, Maria Sharapova, además de la derrota de la bicampeona defensora Azarenka y la temprana salida de Juan Martín Del Potro. Australia es un torneo particularmente difícil de domesticar.

Rafa, dolorido en 2010, campeón en 2011 con lesiones que le costaron el año y ausente el año pasado, lo sabe. Anhela este trofeo, y, consciente de que su carrera ya ha comenzado su era última, sabe que ha perdido una chance. Es otro momento devastador en su vida tenística: las bestias indomables también lloran. La ceremonia de premios transcurre rara, intensa, se respira la empatía en el público por el perdedor (que dudó de su lesión y lo abucheó), pero sobre todo, se respira en el campeón de Australia. No celebra demasiado, y en la red intercambia con Nadal unas palabras en las que parece lamentarse de la condición física de su rival. Quizás en su casa se sienta campeón, pero aún no: seguramente con el tiempo, tras varias mañanas de levantarse y ver en su casa el trofeo australiano, se percate de su heroica escalada por sobre el uno y el dos del circuito actual, dos de los mejores de la historia, y también, de que la condición física es parte del juego, una de las ventajas válidas, pero de ningún modo la única, que explican a un campeón.

Tennis Australian Open 2014

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