El extraño caso de los Carmelo Knicks

NBA: Charlotte Bobcats at New York Knicks

Carmelo Anthony acaba de marcar 62 puntos en la victoria ante los Bobcats y, con el objetivo cumplido de romper la marca de 60 que Bernard King ostentaba en partidos con la camiseta neoyorkina, se sienta en el banquillo a disfrutar de los clamores. “We want Carmelo!”, canta el Madison Square Garden, en éxtasis. La victoria los ubica a solamente dos victorias de los Hornets en la conferencia Este, en una encarnizada lucha por el octavo puesto en la conferencia, el último que permite la entrada a los playoffs.

Carmelo destrozó la marca de la temporada que ostentaba Kevin Durant, uno de los jugadores con mayor facilidad para marcar en la historia del deporte. Durant y los Thunder sufren esta temporada la baja de un jugador clave en sus aspiraciones, Russell Westbrook, pero aún así acaban de arrebatarle el primer puesto del Oeste a San Antonio a domicilio. Durant, además, promedia este año 36,5 puntos por partido en 13 juegos, y en los últimos 10 encuentros que disputó superó siempre los 30 puntos (con noches de 54, 48 y 46), casi todos en victorias de los Thunder (llevan 7 al hilo). Se encamina a ser el MVP de la temporada regular mientras busca su primer anillo.

Son comprensibles, entonces, ciertos comentarios irónicos que estallaron de parte del ejército anti-carmelistas tras su estruendosa actuación. Los Knicks cuentan con un jugador galáctico, capaz de convertir desde cualquier rincón y dueño de una notable dominio físico y mental sobre sus marcadores. Pero luchan por conseguir un boleto a la postemporada.

Como toda estrella, Carmelo tiende al individualismo: sus 62 tantos los consiguió en 36 tiros, pero en sus estadísticas no contó siquiera con una asistencia (promedia 3 por encuentro). Anthony tira todo lo que toca, y sus compañeros parecen incapaces de resolver un ataque sin darle el balón, un vicio al que su entrenador, Mike Woodson, no le ha puesto coto, al punto de exacerbar el estilo de juego “uno contra uno” al comenzar varios partidos sin bases en la formación titular. Sus bases titulares, Felton y Prigioni, estuvieron lesionados en diciembre y, según incluso el propio Anthony, en los cierres de partido “los chicos están como esperando a que haga algo… Tenemos que escapar de eso”.

PRIGIONI Y EL BASQUET FIBA

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Felton y Prigioni fueron la clave la temporada pasada. Cuando el argentino se convirtió en titular la temporada pasada, junto a Felton, el equipo enarboló 13 victorias al hilo. El equipo tuvo un rating ofensivo 10 puntos superior con ellos en cancha. Los números de Anthony, con Prigioni en cancha, también mejoraron: su valoración ofensiva creció dos puntos y su porcentaje de cancha efectivo aumentó un 3%. Esta temporada, el argentino es el único base de los Knicks con diferencial positivo, abrumadoramente: sus 5,9 positivos contrastan con el 3,8 negativo de Felton y el 2,8 negativo del tercer base, Udrih. Prigioni, un jugador de la escuela FIBA, llegó a Nueva York para agregarle pase y orden al equipo, pero su aporte positivo, el equilibrio que trae el cordobés a la ofensiva knickerbocker, se ve frustrado por los pocos minutos en cancha que le dan, en parte como consecuencia de de sus 36 años y sus lesiones.

Haciendo un poco de sociología fast food, podríamos decir que el juego de los Knicks es la epítome del estilo (de juego y de vida) estadounidense: el self made man del sueño americano y el origen de las clases marginales que tienen los deportistas en su mayoría, colaboran para crear jugadores preocupados por “lograrlo” antes que con colaborar con el equipo. El deporte es, en un Estados Unidos clasista a pesar de que lo oculte (y de que lo sea menos que otras sociedades), una vía de ascenso social.

Por supuesto que no todo el basquet NBA juega al sálvese quien pueda: en primer lugar, siempre hubo entrenadores capaces de coordinar los esfuerzos de sus díscolos atletas (de los Bad Boys de Chuck Daly a los Bulls de Phil Jackson) y equipos que subvertían el individualismo para convertirlo en un espectacular carnaval de la virtuosidad (el Showtime de Magic y sus Lakers o, por supuesto, los Harlem Globetrotters, equipo pionero por estar compuesto de jugadores negros, campeones en el World Professional Basketball Tournament que convirtieron su juego en circo cuando la NBA desplazó su liga al olvido); pero, en segundo lugar, debido a la globalización de la liga que promovió la gestión de David Stern al frente de la NBA (con Jordan como “poster boy”), el contacto contaminante con el basquet FIBA se volvió inevitable. La globalización, tengamos en cuenta, se da siempre como una negociación: la imposición del basquet NBA en las programaciones extranjeras tuvo como paulatina condición la incorporación de varias figuras FIBA en las alineaciones NBA. El proceso fue lento pero su influencia (y su valor) innegable.

Existe hoy en la NBA un equipo que, a pesar de su necesaria hibridez, se halla, en los nombres y en el estilo, influenciado fuertemente por el basquet FIBA: los Spurs de Ginobili, Parker, Belinelli, Splitter y Diaw juegan, para los espectadores, un basquet aburridísimo que dista mucho de la espectacularidad, mucha veces unipersonal, del basquet NBA. Los Spurs se han convertido en una de las franquicias más exitosas del basquet (tres anillos en una década), y aunque se halla en el comienzo de una transición, sigue dominando a la mayoría de los equipos gracias a su juego colaborativo.

La envejecida plantilla de San Antonio, hoy incapaz de competir contra los equipos más ágiles e intensos de la liga (1-9 en enfrentamientos contra el top 7 de la liga), marcha segunda en el Oeste (tercera en la NBA) en una clara superación de sus limitaciones gracias al trabajo conjunto; los Knicks, con un equipo interesante que incluye a Metta World Peace, Tyson Chandler y Iman Shumpert, además de a Anthony, son, por el contrario, claramente condenados a un lugar infinitamente menor al que sugieren sus nombres propios (y siendo la franquicia más valiosa según Forbes) por un estilo de juego que atomiza la función de sus jugadores al uno contra uno.

Nada de esto, claro, es culpa de Carmelo. Carmelo marca, y lo hace muy bien, lo que redunda en victorias. Pero el número de tantos lejos está de serlo todo, al punto que desde 1999 ningún equipo que contara entre sus líneas al goleador de la temporada ha conseguido el anillo (y apenas alcanzaron, en esos 14 años, 2 finales).

El refinamiento de las estadísticas también ha señalado como los números defensivos y algunos intangibles redundan notoriamente en el juego. Algunos analistas han centrado su atención en la relevancia que tienen en los juegos el porcentaje de tiro defensivo, es decir, el porcentaje de tiro del rival, además de señalar la importancia del rebote ofensivo, el porcentaje de tiro efectivo (que no iguala tiros de dos a tiros de tres), la cantidad de veces que el equipo va a la línea (dado que los puntos valen igual y que la efectividad crece exponencialmente) y las pérdidas. Estos cuatro factores han incluso construido una estadística de moda, las “tempo-free stats”, que explicaré gruesa y analfabetamente: al tener en cuenta estos cuatro factores se arriba a la cantidad de puntos por posesión que el equipo promedia, y si se multiplica por la cantidad de posesiones que el equipo promedia (el ritmo) se debería arribar al promedio de goleo del equipo. Para calcular el promedio de goleo recibido, solo deben traspolarse las estadísticas a la fase defensiva.

Las estadísticas toman en cuenta, por un lado, el ritmo de los equipos, que varían según la conducción del base, y ayudan a percibir la calidad de los ataques que tiene cada equipo. La cifra tendrá en cuenta, además, la capacidad del equipo para crear, al contar pérdidas de balón y rebotes ofensivos, situaciones extra de goleo por sobre las posesiones que promedian. Lo más relevante de este entendimiento es que la labor del equipo toma relevancia muy por encima de la labor de su goleador estrella, y, al hacerlo, ayuda a comprender el caso Anthony y la responsabilidad de us entrenador. Anotar es importante, pero no es de ninguna manera lo único. 

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