#estilolibre

Como un caleidoscópico abanico se abre ante la juventud las ofertas corporales: llegan danzas de Africa, prácticas urbanas desde Estados Unidos y Europa, artes marciales desde oriente, y las barreras entre una y otra se avasallan, se contaminan felizmente, hermanadas, comunitarias en el deseo de aprendizaje y expresión. Y así lo que arrasan, como el agua, sin estruendo pero con contundencia, es el viejo aparato deportivo. No se compite, se comparte. Se le pone el cuerpo la expresión física, a la romántica exploración de los límites del cuerpo humano, antes que del progreso matemático. Antes que andar más rápido, llegar más alto, ser más fuerte, se busca ser más creativo, más sensible, más libre. Y entonces las prácticas se mixturan ya no con otras sino, descaradamente, con las inaccesibles artes, a las que le faltan el respeto, transforman y hacen propias.

Difícil llamar a esto “deporte”: más bien estas prácticas son culturas, culturas híbridas, culturas felices, que modifican no solo los cuerpos sino las mentes, que abren el pensamiento, a través de su irreverencia para con las fronteras, hacia nuevas formas de ver el mundo, formas sencillas, naturales. No, no son deportes: son estilos de vida, estilos libres.

Por supuesto, la utopía, dicen los sabios, termina donde comienza el Planeta Tierra. Quien practica quiere vivir de la práctica, precisa del apoyo de empresas privadas. La imagen de estos hombres libres, desprejuiciados, jóvenes, bañados por el sol, vale oro: así lo determinaron empresas visionarias como ESPN y Vans, que comenzaron desde temprano a apoyar este circuito alternativo del deporte, pero a cambio compartimentalizaron las prácticas: el skate es el skate, el surf es el surf, el snowboard es el snowboard, cada cual con sus torneos y sus pruebas determinadas destinadas al lucimiento televisivo.

Ellos tampoco lo llaman deporte: son los Juegos X, deportes alternativos o deportes extremos, los conceptos elegidos para vender esta cultura joven, nicho crucial del mundo del consumo.

Pero el dinero no es el mal (afirmación difícil de defender). Los practicantes consiguen gracias al apoyo de los privados salir de las oficinas, abandonar el tedio cotidiano y llevar una vida entre paraíso y paraíso: aunque a veces tengan que elegir, como cualquier mortal inmerso en este sistema, entre lo que les dicta el amor, la pasión, y lo que les sugiere, como sugiere una madre o un jefe, la obligación. Entre continuar su exploración, su nomadismo interior, la aventura perpetuada aunque haya que dormir de prestado, o una dedicación especializada a la competencia, con gimnasio, con trabajos técnicos.

Vamos a hablar de estos estilos de vida. Vamos a tratar de contar las luchas de los practicantes, riders, traceurs y un largo etcétera, para vivir su utopía personal, para disfrutar. Vamos a intentar transferir la ruidosa camaradería de estos colectivos a la página, tarea de expresión, intento de trascendencia por el lenguaje, que ha eludido por milenios a los poetas (pero hay que seguir intentando, contar aunque más no sea parcialmente esto que vivimos, esto que creemos). Vamos a intentar hacerlo con una prosa desprejuiciada, voraz, sin esquemas: con estilo libre.  

 

Birth-of-Big-Air_Dir.-Jeff-Tremaine

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