The Aníbal Affaire

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Aníbal Fernández desembarcó en el hockey con dos banderas claras: la promesa de una inversión fuerte en la federalización del deporte, a partir de la construcción de infraestructura (prometió un predio para los seleccionados) en todo el país y la televisación de los encuentros de Las Leonas, además de un cimbronazo financiero a través de un aumento en el caudal del aporte privado al deporte. Dos áreas sobre las que la dirigencia saliente, encabezada por Daniel Marcellini, no consiguió avances significativos, y que sirven para explicar, más allá de la muñeca política, el triunfo de un hombre poco ligado al deporte.

Porque por más que quiera edulcorar su currículum avisando que conoce todas las canchas del país por haber acompañado a su hijo en inferiores del Quilmes High School, y que desde las sombras dice haber realizado aportes clave para el desarrollo de deporte, lo cierto es que el polémico senador justicialista no es del palo, algo que preocupa a los tradicionalistas pero que no tenía por qué ser, necesariamente, algo detrimental: después de todo, el tradicional deporte ha crecido muchísimo en los últimos tiempos gracias al éxito de Las Leonas, y parece lógico que se impongan nuevas ideas sobre viejos manejos.

Pero las primeras medidas de Fernández en el hockey no fueron en torno a la federalización o a la llegada de nuevos sponsors: en lugar de ello, en sus primeros dos días de gestión (3 y 4 de mayo) despidió a Franco Nicola y a Marcelo Garrafo, entrenadores del hockey masculino y femenino que venían cosechando buenos resultados y, sobre todo, buenas sensaciones con los planteles.

El senador había avisado ya sobre la posibilidad: criticó con razón la decisión de su antecesor de firmar contratos por dos años con los técnicos a meses de una elección que se avecinaba reñida. Pero, debido al feeling del plantel con los Nicola y Garrafo (quien fue el que convenció a Luciana Aymar de continuar su carrera), muchos pensaron que los entrenadores continuarían en su cargo.

Se equivocaron: fiel a su personalidad frontal, Fernández no titubeó ni un segundo. Convocó a ambos a reuniones para acercar posiciones, “pero el que habló fue Aníbal”, comentó Garrafo. Las razones esbozadas fueron que los entrenadores no encajaban en el nuevo proyecto: la sensación fue que el quilmeño buscó, como suele hacerse en política, poner gente cercana en cargos clave.

Fernández designó a Carlos Retegui para dirigir a los varones (había conseguido un histórico bronce en el Champions Trophy de 2008) y a Emanuel Roggero en el cargo de entrenador de hockey femenino. Enseguida hubo consecuencias: Retegui borró a Matías Vila, capitán del ciclo anterior, mientras que a pesar de la calentura de las referentes, el senador consiguió gracias a sus dotes dialécticos convencerlas para aceptar al nuevo entrenador.

Las voces en discordia bajaron el tono pero dejaron en claro, en diversos medios, que se trataba de una desprolijidad, un atropello, y que se habían impuesto nombres en lugar de consultar a los jugadores. Igual, Aníbal ya había avisado, siempre polémico, que “ningún jugador va a decidir qué entrenador elegimos”. ¿Buscó marcarle la cancha a los históricos, pisar fuerte de entrada, mostrar quién manda?

Lo cierto es que la intempestiva decisión del nuevo presidente de la CAH tuvo, rápidamente, un capítulo 2. Los hombres consiguieron el objetivo de alcanzar la final de la World League con Retegui, pero las mujeres, con Roggero al frente, quedaron por primera vez en 2006 fuera de un podio: cayeron en semis de Liga Mundial por penales ante Holanda y luego, por el bronce, perdieron también en la definición por penales ante Gran Bretaña.

El resultado fue ajustado, producto en parte del azar, pero Roggero lo sintió como un fracaso y se autoeyectó de la silla de piloto, un puesto que, tras la asunción de Fernández, se ha puesto particularmente caliente. No todo, claro, es responsabilidad de Roggero: hace rato ya que a Las Leonas les cuesta más, entre la transición, el cansancio y el crecimiento del hockey periférico. En los Panamericanos de 2010, por caso, Argentina cayó por primera vez en su historia en una final continental, ante Estados Unidos; llegaron al Londres 2012 en calidad de invitadas, y allí ratificaron su lugar entre las grandes con la presea plateada.

La decisión de Aníbal, como no podía ser de otro modo, fue nuevamente polémica: fiel a sus instintos políticos paranoicos, decidió no confiar en nadie de afuera y designó a Retegui entrenador del hockey femenino. La doble función para el “amigo” de Fernández, que además es “del palo” (reconocido justicialista), resulta particularmente ridícula de cara al Mundial de Hockey del 2014, que combinará la vertiente masculina y femenina: Retegui deberá dirigir quizás el mismo día a ambos seleccionados, algo muy lejos del ideal de tiempo y atención que requiere un cargo tan relevante.

Las renovaciones son importantes, pero no de cualquier manera: el estilo temperamental, casi caprichoso de Fernández ya sacudió de la siesta a la Confederación Argentina de Hockey y, hasta ahora, ha provocado más titulares y polémica que federalización. Una vez más, parece que más que aportar, la política se acerca al deporte por el botín: la visibilidad y el éxito del quizás mejor seleccionado argentino de la historia, Las Leonas, es un nicho demasiado tentador para que no sea aprovechado políticamente.

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