La segunda juventud de la Liga Nacional

A veces, lo necesario es también lo más difícil.

Todo comenzó con Pepe Sánchez. El base de la Generación Dorada regresó a su patria bahiense para afrontar un proyecto que olía mal para el tradicionalismo: proponía profesionalizar su club, algo que en Argentina siempre sonó un poco demasiado a privatización.

Pepe prometía que lo suyo no olvidaba el corazón del club del barrio: que la idea era profesionalizar las áreas de gestión (particularmente, dos áreas estratégicas y olvidadas en la liga como comunicación e infraestructura) sin que el club abandonara su calidad de club social. Desde 2010, Sánchez fomentó desde dentro y fuera de la cancha, la creación de un espectáculo global, con un mejor estadio y entretenimiento para el público, y consiguió imponer la marca de Estudiantes (o Weber Bahía) como “el club de la ciudad”, algo muy difícil de hacer en la cuna del básquet argentino donde cada club de barrio tiene su orgullo e historia.

Pepe comenzó entonces a despertar curiosidad en varios jóvenes dirigentes del básquet, y poco a poco se instalaron dos ideas: que el modelo profesional era el futuro, y que, además, era la única vía posible para no sucumbir. Argentina transitó una década de buen pasar económico, donde muchos clubes recibieron apoyos estatales y crecieron deportivamente, pero las inversiones asomaban ya entonces desmesuradas, un crecimiento sin sustento en el patrimonio de cada club: se invertía 95% en el plantel y el resto, en el resto, desde inferiores hasta en infraestructura. Un modelo de crecimiento insostenible: a la primera de cambio, los clubes verían recortados los apoyos públicos y los rojos en sus cuentas harían el resto.

La devaluación sostenida del peso fue, en esta ecuación, la primera situación que encendió la alarma. Comenzó, a principios de este año, a desnudarse la indefensa estructura de la Liga, asolada por los pasivos de los clubes y la dificultad creciente de mantener a sus jugadores estrella. Entonces, en medio de una feroz interna política que ya lleva dos años, se desató la revolución y nació, a sus 30 años, la nueva Liga Nacional de Basquet.

Los cambios en principio pueden reducirse a una única y polémica medida: la eliminación, durante dos años, de los descensos. La nueva norma, que ampliará el cupo de equipos a 20 para 2016, propone que, en tiempos de crisis coyuntural, los clubes desinviertan en lo deportivo y comiencen la, por las urgencias de los resultados, siempre postergada inversión infraestructural. La Liga, en tanto, recreará su imagen y replanteará sus estrategias comunicacionales para atraer anunciantes y promover espacios en los medios y el acercamiento del público joven a través de las redes sociales. La idea de la Liga es dejar de ser dependiente de los apoyos coyunturales y convertirse, como es la NBA, en un producto atractivo y capaz de brindar ganancias.

Por supuesto, todas estas nociones se llevan por delante años de gestiones que se hicieron ad honorem, por amor al club, y son muchos los que quieren que fracase. Se trata de un duelo político donde la razón difícilmente se encuentre en un bando si no en la necesidad de avanzar sin atropellar, sin negar. En este país, en los últimos años particularmente, esta necesidad de diálogo se ha vuelto difícil de entender.

Anular los descensos es, sin dudas, una manera drástica de proponer los cambios: incluso muchos de los que defienden la necesidad de una modificación estructural en la Liga no comprenden la medida, que implicará una baja en el rendimiento de los clubes aún más pronunciada. Hay que tener en cuenta que la Liga disminuyó el cupo de extranjeros de 3 a 2 para este año, y aumentó el cupo sub 23, lo que conjuntamente con la crisis del dólar (que implicó el éxodo de varios jugadores con nivel de selección, con la NBB de Brasil como nuevo destino y competencia regional) invitaba a los clubes a desinvertir y a poner al piberío: sin dudas el punto más loable del plan, pero que, acompañado de la decisión de anular los descensos, dará forma a equipos que presentarán versiones muy poco competitivas en el afán por desinvertir durante los años de protección deportiva (a una semana del arranque de la Liga, son notables las señales en ese sentido). Una competencia de baja calidad también implicará una baja en la recaudación y el rating: si la necesidad de invertir en lo deportivo para evitar el éxodo del público representa un círculo vicioso, el proceso inverso, desinvertir para crecer, podría resultar, entre el bajón competitivo y la falta de descensos, en la temida partida del público y darle la razón a los clubes conservadores.

La decisión de la Liga, además, asoma tibia en tanto “invita” a los clubes a invertir: no hay planes ni plazos para cumplir. Depender de la buena voluntad de los clubes parece una receta para el fracaso: algunos aprovecharán la oportunidad para crecer y otros, sin obligaciones, la desperdiciarán.

Por estos horizontes transitará la Liga 2013-2014: con menos equipos dispuestos a pelear por los cupos para semifinales (Peñarol, Regatas, Boca y Atenas parecen ser los únicos que apostarán fuerte a lo deportivo esta temporada) y algunas decisiones polémicas, pero con la sana intención de dejar de pretender que el deporte profesional, que mueve millones, no es un espectáculo que requiere inversión estratégica, gestión profesional.

 

 

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