La soltura

El que aflojó primero fue Djokovic: erró un smash, tiró una derecha un metro afuera y … para ponerse 0-40 en lo que sería el game definitivo. Desde el quiebre de Rafa para volver de un 2-4 que parecía final y otra vez la misma historia, Nole había bancado su saque con autoridad: pero ya en el último game de servicio, para ponerse 7-7, había comenzado a mostrar signos de un cansancio que empezaba en la cabeza y se materializaba en esa gestualidad algo exagerada que siempre muestra Nole cuando las cosas no le salen. En aquel game los errores fueron excepciones, llamativas pero esporádicas: en el último juego suyo en este Roland Garros el serbio fue puro desencaje. Sencillamente, en el partido encontró pocos momentos de comodidad, se cansó de pelear contra la corriente y cedió.

Su batalla había sido en el cuarto parcial cuando, dos sets abajo y con Nadal sacando para partido, consiguió quebrar y volver de la muerte. En aquel momento, ya sin nada que perder, Nole se encendió y, del otro lado, Rafa titubeó: los enfrentamientos con el serbio, las constantes derrotas, la presión del favoritismo y de cerrar el encuentro lo ataron y su tibieza permitió el crecimiento de Djokovic, que se esparció como un fuego hasta quebrar incluso en el set definitivo y dar la sensación de que, otra vez, Rafa no podía con su némesis. Hubiese constituido sin lugar a dudas una de las derrotas más dolorosas en su carrera.

Pero al mallorquín hay que matarlo seis o siete veces. Su rival no daba chances, pero cuando le dio una, Nadal aprovechó: fue un quiebre sobre una chance y volver a nacer para Nadal. Y quien comenzó a sufrir el rigor mental del encuentro, entonces, fue Nole. El serbio ya se había ido del partido en el tercer set. Djokovic siempre tuvo vaivenes anímicos materializados en una excesiva gesticulación y tiros desencajados, una pantomima para que las cámaras capten que algo no anda bien, casi como una excusa de una derrota futura. Pero ante casi todos los jugadores del circuito, y particularmente ante Nadal, sus períodos de fuego eran absolutamente imposibles de detener. Cuando Nole abandonaba la frustración y dejaba de estar pendiente de los alrededores y la presión, esa soltura de fibra y alambre arreciaba con todo el reino del tenis como un huno conquistador.

El Nole 2013, sin embargo, ha tenido problemas para alcanzar sostenidamente ese nivel de concentración. Arrancó el año sin oponentes en el horizonte, y se llevó sin oposición Australia: pero luego, a medida que la sombra de Nadal crecía ominosa, cayó en un pantano de irregularidad marcada por los vaivenes tenísticos y anímicos en partidos contra rivales accesibles. Cansancio mental o falta de motivación, este año asistimos no al invulnerable y hambriento Djokovic, sino a una versión bipolar, que alterna brillantez con una desconcentración parecida al aburrimiento.

Pero cuando entró por primera vez en el Philippe Chatrier, hace una semana, al serbio le había cambiado la cara: lo único que le falta en su colección es el trofeo del abierto francés y esta semana, sí, la motivación estaba. Camino al enfrentamiento que ambos sabían destinado, cedió un sólo set. Mientras tanto, Nadal luchaba contra la presión y un cuerpo todavía frío en las primeras rondas.

¿Cómo podía hacer el español para vencer al revivido Djokovic? En su entorno sabían lo crucial que era este encuentro: perder implicaría no defender su título, en su superficie, abdicar definitivamente ante la superioridad absoluta de Djokovic. De sombra negra, Nole se transformaría en un monstruo invencible para Nadal, incapaz de despacharlo en el patio de su casa, donde perdió apenas un encuentro en ocho torneos. Pero Rafa encontró el modo: es la mente competitiva más grande que ha visto la historia del deporte, y fue ésta la que inclinó la balanza. Porque mientras Nole fue y vino del encuentro, regalando un set entero, y a pesar de que casi lo gana, quien triunfó al final fue el que se mantuvo siempre en el partido, el que bancó todas las situaciones. Rafa no lo ganó con tenis, sino con una mente de acero.

La soltura es lo más natural y a la vez lo más difícil de conseguir: en un encuentro donde el nivel de tensión, se sabía de antemano, iba a ser altísimo, ambos jugadores demostraron su jerarquía jugando un tenis absolutamente desfachatado no durante momentos, sino durante casi todo el encuentro. Tiraron todo en la cancha, sin miedo, y construyeron una de las mejores semifinales que vio la historia del tenis. Pero en tenis hay un sólo ganador, y suele ser quien mejor equilibra el arte de aprovechar sus momentos de soltura con los de tensión ajena, el que mejor esconde su tensión y se la despoja, el que consigue detener el fuego ajeno: el que mantiene la concentración suficiente para no frustrarse ante los aciertos imparables del enemigo o ante la repetición de yerros. Ese fue Rafa.

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