Volar – to Air is not human

Impossible isn’t a fact, it’s an opinion

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Jordan está en el punto de quiebre de cualquier ser humano: 39,4 grados de fiebre sufridos durante todo el día. No tiene energías. No puede sostenerse, cae sobre Pippen, que lo acarrea hasta los vestuarios. Todavía resuena en su cabeza afiebrada el abucheo del público de hace instantes, réplica de los negadores que le advertían que ya no podía, que se fuera de una vez. No tiene ni siquiera fuerzas para mostrarse desafiante de cara a ellos. Pero acaba de convertir 38 puntos, 15 en el último cuarto, incluido el triple con 25 segundos en el reloj que determinó la victoria en el crucial quinto juego de las finales de 1997.

The Flu Game, el juego de la gripe, parece a la distancia un producto más de la magnífica producción publicitaria acerca de Jordan. Su legado, a medida que la vara que el colocó por los cielos comienza a ser alcanzada, queda injustamente reducido a su rol como ícono marketinero en la expansión global de la NBA. Sus proezas, lejos en el tiempo, se olvidan hasta volverse mito, leyenda, se diluyen entre críticas e infamias al hombre: pero allí está el partido que disputó en el quinto juego de la final ante Utah Jazz: 39 de fiebre, 38 puntos. El Jordan más humano, más debil, más falible que se vio en una cancha: el Jordan más grande. Allí está su rostro inequívocamente enfermo, su cuerpo lento, su sudor, profuso como quien vuela demasiado cerca del sol.

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Es que Jordan hizo lo imposible: volar no es físicamente posible para los hombres, pero MJ permaneció suspendido, poniendo en dudas la relevancia de la gravedad, en diversas ocasiones. Su habilidad fue evolucionando, primero poder puro, destreza y fibra inhumanas pero sin pulir; luego, un felino con alas, un perfecto animal de basket y de competir. Hay hombres que, como Prometeo, quieren más: no pelean contra sus oponentes, sino contra sí mismos, contra sus límites y contra la historia, arrasan las arbitrarias que se construyen a su alrededor. Jordan leyenda redefinió la realidad; Jordan humano vivió el éxtasis y el dolor de todo hombre que quiere trascender. Jordan se robó el fuego divino e iluminó las canchas de basket mientras pudo manejarlo.

Luego del juego de Jordan, sus sucesores han querido protagonizar similares epopeyas. Dirk Nowitzki lideró a Dallas a la victoria ante Miami en las finales de 2011 con 38 grados de fiebre: anotó 21 puntos y bajó 11 rebotes. Kobe tuvo su juego del virus estomacal, pero a pesar de descomunales 31 puntos en 37 minutos, los Lakers fueron derrotado y obligados a disputar un definitivo séptimo juego en la primera vuelta de los playoffs 2012. Los heroes fundan eras, trascienden la barrera de lo posible, y luego los humanos viven dentro de esos nuevos parametros, se atreven a revivir algunos episodios heroicos, imitan su vuelo, su pose, sus hazañas en un gesto desprovisto de épica, de conquista, de asombro. Nadie puede igualar la leyenda de Michael Jordan, el hombre que se convirtió en un semidios, pero nunca pudo dejar de ser humano. Y sufrió la caída, inherente a suy humana naturaleza: sufrió el poder, sufrió el dinero, la alienación, sufrió críticas durante toda su carrera, siempre bajo una lupa acosadora, sufrió retiros forzados por su problema con las apuestas, su experimentación con el azar y con el límite de su luminosidad. Jordan sufrió sus límites, y luchó, sin excusas y sin concesiones, cada día de su vida para romperlos.

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Seguramente este admirado homenaje por sus 50 pirulos, como todas las palabras sobre su vida, se diluirán con el tiempo en esa amalgama de las opiniones sobre Michael Jordan: él, en los videos que no dejan lugar para la hipérbole o la negación, sigue hablando con su juego. Así reza una tremenda publicidad de Nike, pero Jordan nunca necesitó de esloganes para venderse: fue él quien los inspiró a lo largo de su carrera, de la misma manera que inspiró a miles a jugar con dolencias, a tomar la bola en el último tiro, a atreverse. Jordan. Esa poderosa bestia que trasciende cualquier intento de clasificación. Que hablen los hombres, que digan lo que quieran. De su viaje al reino de los cielos quedan como testimonio los seis anillos conseguidos gracias al fuego robado de los dioses.

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