Delfo y el Ñandú

El 7 de agosto ocurieron dos de las grandes gestas del deporte argentino: en 1932 Juan Carlos Zabala, el Ñandú, consiguió la presea dorada en la prueba madre de los Juegos Olímpicos, la maratón. Dieciséis años más tarde, Delfo Cabrera, inspirado en Zabala, repetía la hazaña en Londres. En su honor se celebra hoy el día del maratonista en argentina

Por Pedro Garay para VAVEL.com

Quien entró primero al estadio de Londres en 1948 fue el belga Ettiene Gailly, paracaidista belga en la guerra. Enseguida bajaron los aplausos y las ovaciones de las 80.000 almas expectantes, pero no motivaron a un Gailly que andaba ya casi inconsciente, como una máquina a punto de descomponerse, desarmado, torcido, notablemente dolorido. El belga no corría: trastabillaba, invitando a que alguien lo superara heroicamente y le robase su oro. Y algunos segundos por detrás, surgía entonces el retador: entraba en la pista un tal “Delfo Cabrora”, como decían erróneamente los programas. Enterísimo, firme el paso, alta la frente, aceleró con la certeza de la gloria. Y pensó en el Ñandú. 

El tozudo corredor de las Pampas

Juan Carlos Zabala, el Ñandú, tenía apenas 20 años y no más de 4 entrenando para las pruebas de fondo cuando conoció su destino en aquella tarde calurosa de Los Angeles, en 1932. Atleta nato, de joven practicaba varios deportes a la vez, con excelencia y ansias, como todo muchacho, de divertirse y pasar un buen rato. A los dieciséis sumó el atletismo a sus pasatiempos, pero no lo tomó en serio hasta que ocurrió un incidente.

Verán, Zabalita era ante todo un muchacho cabeza dura y calentón. Cuenta la leyenda que el tozudo Ñandú estaba a punto de trenzarse de puños con un compañero por alguna cuestión propia de adolescentes hormonales, cuando su entrenador propuso que resolvieran la rencilla con una carrera. Por supuesto, el futuro medallista olímpico ganó, pero el hecho de perder una eventual revancha comenzó a perseguirlo fantasmalmente. Desde entonces sus entrenamientos se tornaron febriles y ya nunca más corrió para pasar el tiempo.

Apenas cuatro años después, el Ñandú se hallaba en Los Angeles para competir en la máxima cita del deporte. Lejos de sentirse abrumado, el rosarino anunciaba que ganaría la carrera de punta a punta, para demostrarle que estaban equivocados a quienes afirmaban imposible correr durante los 42,195 km de la maratón sin desvanecerse por el esfuerzo: “Voy a demostrar que se puede largar en punta y llegar primero. O llegan después o se rompen en el camino”.

Su entrenador y descubridor, el excéntrico Alexander Sterling, preocupado, le imploraba que corriera tranquilo y se cuidara de los finlandeses, candidatos por genética deportiva: Zabalita no escuchaba y salió nomás, rebelde y valiente, de punta. Lideró durante un buen rato, pero los problemas no podían tardar en llegar. Tanta confianza se tenía el argentino (quizás reproduciendo el arquetipo del argentino fanfarrón) que le pidió a Alberto Zorrilla, amigo suyo y legendario nadador que fuera hasta 2008 el único medallista dorado latinoamericano en la historia de la natación olímpica, que apostara sus únicos 500 dólares a su favor, aunque se tuvieran que volver caminando. Cobró 20 a 1.

Faltaba Paavo Numi, el emperador de las carreras de fondo a quien prohibieron participar por haber cobrado para correr en algunas competencias, algo que el Comité Olímpico prohibía terminantemente en aquellos días de amateurismo puro. Pero dos de sus compatriotas finlandeses, Virtanen y Taivoden, corrían a la par detrás de Zabala ominosamente cerca, ominosamente calmos. Hacia la mitad de la competencia comenzaron a ejecutar su estrategia: uno se desenganchaba, se adelantaba al argentine y lo obligaba al tozudo Ñandú a darle alcance y extenuar sus fuerzas. Luego, el otro finlandés hacía de anzuelo mientras su colega descansaba detrás. Zabala comenzó a cansarse, pero nunca quiso descansar, y cayó mansito en la trampa de los nórdicos.

En el coche oficial que acompañaba la marcha de Zabalita estaban Sterling junto al presidente de la Federación Argentina de Atletismo, Eduardo Ursini, y Alberto Zorrilla. Sterling estaba desesperado: desde el coche veían como desfallecía su pupilo, preso de la estrategia finlandesa. “Parecía no escucharnos, corría como inconsciente, echaba espuma por la boca. Pensamos que se quebraría”, recuerda Ursini. En el kilómetro 32 Virtanen hizo su intento, se adelantó a todos espectacularmente y lideró por varios kilómetros. El inglés Wright rebasó a un Zabala derrotado y, cuando restaban siete mil metros, apuró el paso acorde a la estrategia clásica de los ingleses. Wright tomó la punta y Virtanen se quedó.

Ya no quedaba carrera. Un Sterling despeinado y caótico llegó al estadio a esperar al desenlace y se encontró con Félix Frascara, recordado corresponsal de El Gráfico. “¡Se ha roto por luchar por el finlandés! No quiso dear la punta y después le vino el inglés para rematarlo. ¡Se rompió el pibe!”, comentó desesperado. La embestida de Wright, mientras tanto, no le alcanzaba, el inglés se volvía lento y pesado. Y Zabalita se percató. Sacó energías de algún oscuro rincón del alma, apretó los dientes y recuperó el liderazgo contra todo pronóstico. Entró primero al estadio, con el británico Sam Ferris, que había ejecutado idéntico plan a Wright, intentando darle alcance desesperado. De cerca lo seguían su compatriota y Toivonen: en un memorable final con cuatro corredores en pista, el Ñandú resiste heroicamente la embestida final de Ferris, atraviesa la meta rompiendo el récord olímpico y colapsa. Orgulloso, el Ñandú declararía más tarde que cayó no por estar extenuado sino por el peso de una bandera con mástil que le acercaron para celebrar…

El orgulloso pampeano cumplía así sus promesas. “Yo gano el maratón o me recoge la ambulancia”, había advertido antes de la carrera Zabalita. La declaración resultó doblemente profética: si en esta ocasión le tocó vencer al borde de sus fuerzas físicas, cuatro años más tarde, en Berlín, intentando defender su título, el argentino se desplomaría en medio de la competencia y permanecería internado durante una semana.

La carrera de Zabala fue brillante. Ganó de todo a nivel panamericano y se mantuvo durante hasta su retiro entre los diez mejores en los 10.000 metros. En los Juegos del 36 fue sexto en esa distancia y ese mismo año rompió el record del mundo en los 20 km. Obtuvo además la friolera de 194 victorias en carreras internacionales, y marcó a toda una generación joven que en sus pueblitos, a través de la radio y las revistas, seguían las hazañas del Ñandú de las Pampas lejos de las llanuras argentinas, allá lejos en el mundo.

Los pasos silenciosos de Armstrong

La idolatría por Juan Carlos Zabala construyó un generación de atletas muy fuerte de cara a los Juegos Olímpicos de Londres, disputados doce años después de la última actuación del Ñandú en el foro olímpico, en Berlín 36, doce años que transcurrieron sin Olimpíadas por el segundo conflicto bélico mundial.

A Londres llegaban con cierta expectativa el experimentado mendocino Eusebio Guíñez, que para el largo viaje en barco se llevó oculta una damajuana, y Armando Sensini, el bahiense que llegaba muy bien preparado. Y en silencio, “Cabrora”, el hombre sin nombre, el silencioso corredor de Armstrong que llegaba con 29 años a los Juegos y sin demasiadas esperanzas puestas sobre sus hombros.

Delfo Cabrera pasaba sus tardes santafesinas corriendo junto a su hermano desde el trabajo hasta su casa, extendiendo cada día el trayecto recorrido, cuando sucedió: Zabala atravesó el finísimo hilo de la meta y de la gloria en Los Angeles, y Cabrera supo que quería ser como él. Desde entonces obligó a familiares y vecinos a tomarle el tiempo, corrió a todos lados y naturalmente se convirtió en profesional para el club San Lorenzo. Delfo fue campeón nacional y panamericano, pero sus logros permanecieron dentro del continente hasta que se tomó aquel barco ebrio a Londres.

En aquel barco iban atiborrados todos los atletas argentinos, imposibilitados de cualquier entrenamiento serio y viviendo tres semanas incómodas e insalubres. Al llegar a la isla británica, para colmo, se encontraron con un calor húmedo que se colgaba de los tobillos y drenaba los cuerpos de energía como un súcubo. Cuando los tres maratonistas recorrieron la pista, encontraron un terreno repleto de lomas. Reunidos con sus entrenadores, decidieron la estrategia para la que sería la maratón más atroz que se recuerde: correr a paso lento pero firme, esperando lo más posible antes de realizar cualquier esfuerzo para alcanzar la punta. Guiñez y Sensini no obedecieron, salieron con el pelotón de líderes e inevitablemente advirtieron al promediar la carrera que no tendrían resto para ganarla.

Quien sería el sucesor de Zabala era también su opuesto. Corría entre los últimos, obediente y tranquilo, administrando sus energías con la sensatez y la inteligencia con que lo había hecho durante toda su carrera. Cabrera siguió en la retaguardia hasta que el rigor del sinuoso terreno londinense comenzó a eliminar competidores. Entonces, Guiñez vio venir a Cabrera, enterísimo, y lo arengó a que, descartados ellos, intentara llevarse la competencia. Delfo, las reservas llenas, el andar inteligente, comenzó a pasar corredores. Como postes. Y a diez kilómetros de la llegada, con el público apostado en el estadio esperando el arribo de los héroes, el argentino ya andaba segundo, detrás del coreano Yun Chil Choi, que había mandado desde el inicio en la carrera, pero con Ettiene Gailly, el favorito, el invencible, el héroe de guerra, respirándole en la nuca. Los últimos kilómetros tuvieron al trío como protagonista: el coreano no se resignaba a perder una carrera que había liderado durante casi todo el recorrido y Gailly quería la victoria y exprimía su cuerpo para alcanzar la vanguardia. Delfo seguía ocupándose de él más que de los otros. A cinco mil metros, Cabrera alcanzó la punta.

Pero el orgullo del belga lo llevó a realizar otra increíble arremetida, ya sin resto, puro corazón. Ingresó al estadio punteando, pero desfalleciendo: las piernas no lo sostenían, y la mirada de sufrimiento daba compasión. Y apenas por detrás Delfo Cabrera, el paso seguro, todavía ágil, corriendo con naturalidad, la contracara de Gailly. Lo pasó enseguida. Dio la vuelta y encaró la recta final: el bombero santafesino pensó entonces en Zabala, su ídolo. Había pasado los dieciséis años que lo separaban de los Juegos de Los Angeles soñando con emularlo, y quizás, rondando las tres décadas, ya comenzaba a resignarse a soñar su sueño y nada más. Pero allí estaba, corriendo los metros finales de una carrera de la que ya se sabía ganador: repetiría la hazaña de su ídolo y alcanzaría la eternidad de la medalla dorada. Cruzó con el pecho el hilo de la meta unido por un instante eterno con Zabalita, y desde lo más alto del podio, saludó a los hijos del Ñandú, sus hermanos: Eusebio Guiñez, que terminó quinto, y Armando Sensini, que fue octavo, en un hito difícil de repetir para el atletismo latinoamericano.

El 7 de agosto se celebra en Argentina, aunque apenas una minoría lo sabe, el Día del Maratonista por Zabala y Cabrera. Ambos, el Ñandú y Delfo, corrieron primeros hacia la meta un 7 de agosto: separados por dieciséis años, pero unidos por ese hilo que atravesaron con el pecho para coronarse de gloria, ese finísimo hilo, casi invisible. El hilo del destino.

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