Pistorius y las máquinas

Por Pedro Garay

El campeón de los 400 en el mundial de Daegu de 2011, James Kirani, buscó tras ganar la semi a Pistorius y le pidió el número. Oscar es admirado por todos

Oscar Pistorius obliga a la confrontación con diversos temas. Corre entre atletas negando la diferenciación que termina en marginación de aquellos que conviven con una discapacidad y es una inspiración para gente que se ha dejado definir por sus limitaciones físicas. Pero a la vez, sus prótesis incansables levantan el rechazo de algunos, que consideran que a su notable desventaja, Pistorius impone una ventaja. Apocalípticos, consideran el inicio del uso de resortes en las piernas y otro tipo de abusos tecnológicos manijeados por las empresas que producen estas mejoras para los humanos.

El término de doping tecnológico ronda hace menos de una década, pero ganó su primera batalla con la prohibición de las mallas supersónicas. El concepto indica que en el deporte se utilizan tecnologías, y que muchas veces los deportistas mejoran sencillamente por la mejora en las tecnologías y no en los esfuerzos: la pregunta que plantean es por qué se permiten raquetas que no vibran y golpean más fuerte o zapatillas que permiten saltar más alto y no suplementos médicos que permiten fortalecer el cuerpo. El concepto puede resultar un tanto extremista, pero advierte sobre el futuro: si hace décadas los laboratorios invierten en crear drogas indetectables, también hace décadas la tecnología intenta convertirse en protagonista del deporte y los logros a partir de una constante inversión. Es difícil convencerse de que estos grupos económicos no son los dueños de los Juegos Olímpicos.

Los planteos se vuelven entonces dicotómicos: detrás del reconocimiento políticamente correcto a la grandeza de Pistorius, se debaten quienes quieren desterrar todo tipo de ayuda en la competencia deportiva y piden legislaciones fuertemente conservadoras (incluso el retorno a un pasado idílico de atletas desnudos para que no haya ventajas) y quienes desean incluir verdaderamente a todos los atletas y consideran que el sudafricano constituye el puente entre los Juegos Olímpicos y los Juegos Paralímpicos, una competencia que segrega a partir de diferencias físicas pero que tiene su fundamento en la dificultad para competir en la arena olímpica de los atletas paralímpicos.

Es evidente que por un lado debe legislarse, y severamente, la cuestión de la tecnología en el deporte para evitar que sean los avances tecnológicos los protagonistas de plusmarcas y juegos olímpicos y que las empresas de indumentaria deportiva y la industria farmacéutica se adueñen de los juegos. Por el otro, está claro que Pistorius debe competir: no solo porque se lo ha ganado, sino porque su descomunal esfuerzo para ganárselo supera por mucho la ventaja de las prótesis, lo cual se patenta en el hecho de que, a nivel olímpico, no pudo superar la semifinal. ¿Pero qué pasaría si Pistorius ganara? ¿Qué pasaría si Pistorius se convirtiera en superhombre ayudado por la tecnología?

El tema hoy, tras su derrota en la semi de los 400, pasa por otro lado. Su llegada a un lugar absolutamente negado, discursivamente y concretamente, a las personas con discapacidad, como es un Juego Olímpico, es un canto en sí al olimpismo, esa ideología ingenua que jamás se concreta porque el deporte de alto rendimiento es, fundamentalmente, antidemocratico, hecho para superhombres. Así lo reconocen los propios atletas, vueltos humildes admiradores del gran Pistorius.

NOTA RECOMENDADA:

El atleta, de Ezequiel Fernández Moores para La Nación

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