Los Juegos bizarros

La tercera edición de los Juegos Olímpicos, la primera que se disputó fuera de Europa, fue un verdadero desastre. La organización, interesada en exponer su Feria Mundial y en publicitar la grandeza norteamericana, el cambio de sede a último momento, la poca presencia internacional y un evento marcado por el racismo convirtieron a los Juegos de 1904 en una de las ediciones más extrañas de la historia olímpica.

Por Pedro Garay 

Las Olimpiadas de 1904 fueron un error desde su concepción. La sede original era Chicago, pero el pueblito de San Luis
se encontraba preparándose para la edición centenaria de la Feria Mundial y no estaba dispuesto a ver como un evento nuevo le robaba la atención a su espectáculo. Amenazó al Comité Olímpico con organizar juegos paralelos al mismo tiempo que la competición olímpica, y no hubo más remedio que cambiar la sede y hacer, una vez más (ya había ocurrido en la edición pasada) que los Juegos confluyeran con la Feria.

En París la unión de los eventos ya había llevado a bastantes confusiones: varios eventos, las carreras y las competiciones olímpicas de tiro, por ejemplo, se confundieron con los concursos de la Feria, dejando estadísticas dudosas para una edición poco seria de las Olimpíadas que incluyó en su fixture, por ejemplo, natación con obstáculos. Pero los muchachos de San Luis no quisieron quedarse atrás y organizaron unos juegos verdaderamente infames.

Los Juegos se habían disputado hasta entonces en Europa, y cuando fue el turno de cruzar el océano fueron muy pocos los atletas dispuestos a realizar el largo viaje. Como consecuencia, de 681 deportistas, 525 fueron estadounidenses. Estados Unidos, con alguna ayudita de los árbitros, claro,  acaparó todos los podios en una competición que difícilmente pueda ser considerada internacional y que, acorde a el objetivo de la Feria Mundial, sirvió para demostrar la supuesta superioridad de la joven nación americana.

LOS DIAS ANTROPOLOGICOS

Convengamos que, con o sin Feria Mundial, el objetivo de los Juegos Olímpicos, a medida que han crecido en relevancia, se ha transformado justamente en mostrar al mundo las aptitudes de la nación. Pero en medio del nacimiento de una potencia imperialista, de su auge colonialista, y en medio de una Feria Mundial, el ansia de demostrar al mundo científicamente, estadísticamente, su superioridad no sólo cultural si no ya racial, resultó en una de las más atroces historias de los Juegos Olímpicos: los Días Antropológicos.

La idea fue de James Sullivan, una celebridad de aquellos días que colaboró para llevar los juegos a San Luis y que, además, ocupó el cargo de jefe del Departamento de Cultura Física en el comité organizador. El oscuro nombre de esta dependencia ocultaba que su objetivo era básicamente exaltar las virtudes del atletismo norteamericano. En la Feria ya se había programado, siempre en el mismo sentido de exaltación nacionalista y racista, ubicar junto a las grandes innovaciones de la ciencia norteamericana, a las tribus en aparente estado natural (en rigor se trataba de profesionales pagos y no de natives), y Sullivan no tuvo mejor idea que organizar unos juegos “especiales” en los cuales participaran “especímenes” de todas las “minoridades salvajes” del mundo.

Los Días Antropológicos enfrentaron a miembros de diferentes comunidades entre sí, en un espectáculo bien propio de las ferias de aquel entonces. Incluyeron algunas disciplinas clásicas y, para colmo, competiciones “amigables para los salvajes”, a saber: trepar árboles, lanzamiento de lodo, lanzamiento de lanzas, y una competición de lucha caricaturesca que organizó peleas desparejas, por ejemplo entre un gigante negro y dos pigmeos… No fueron muchos “salvajes profesionales” quienes accedieron a rebajarse, pero Sullivan y la organización no tuvieron pruritos en obligar a algunos atletas que habían viajado alrededor del mundo para llegar a San Luis, a vestirse con plumas y participar de la farsa seudocientífica: este fue el caso de Len Tau y Jan Mashiani, dos maratonistas que serían los primeros africanos en participar de un juego olímpico.

LA MARATON

Tau y Mashiani llegaron de Sudáfrica para competir en la maratón. Durante su infancia en la tribu cafre Tswana habían sido mensajeros y desarrollado gran velocidad y resistencia, y ya en la Universidad de Sudáfrica advirtieron su potencial atlético. Viajaron ilusionados, pero enseguida se vieron obligados a humillarse en los Días Antropológicos o no los dejarían correr. Accedieron, para no echar semejante travesía por la borda, y superada la prueba circense sorprendieron con rápido andar. Tau, de hecho, se encaminaba a la medalla dorada. La prueba se corrió bajo casi 40 grados y Tau, que iba a la vanguardia tras un buen trecho, comenzaba a sentirse fatigado. Pero rápidamente olvidó su cansancio cuando vislumbró que desde el horizonte un furioso can corría hacia él dispuesto a darle una buena probadita al sudafricano. Tau corrió a toda velocidad hacia un maizal, se desvió del rumbo casi un kilómetro pero, a pesar del susto, la fatiga y el desvío, regresó a la competencia y llegó noveno.

Quien primero traspasó la línea de llegada fue Fred Lorz. El tiempo del neoyorquino era muy bueno, quizás demasiado para ser real, pero Lorz fue recibido como un héroe al entrar al estadio, aceptó la ovación, traspasó la línea, se sacó la foto con Alice Roosevelt, la hija del Presidente, y hasta estuvo a punto de colgarse la medalla, cuando descubrieron que en realidad Lorz había abandonado, se había subido a un auto para recoger sus pertenencias en el estadio y al llegar no había podido resistirse a los aplausos al ser confundido con el corredor de vanguardia por el público. Por su omisión, Lorz fue expulsado de por vida de los Juegos, condena luego reducida a apenas un año. El pobre de Fred limpió su nombre un año después, ganando la tradicional Maratón de Boston.

El ganador, una vez descubierta la trampa, fue Tom Hicks. El inglés-americano Hicks ingresó al estadio tras tres horas y media de carrera, y casi nadie lo aplaudió: después de todo, ya habían ovacionado aquella tarde a un vencedor. Hicks llegó en muy mal estado y apenas traspasó la meta, ayudado por sus entrenadores. Tras vencer sin saberlo, Hicks colapsó. Pero los Roosevelt querían sus fotos, así que Hicks asistió a la ceremonia a pesar de su estado limítrofe, donde no pudo mantenerse en pie y hasta llegó a alucinar. Hicks fue arrastrado al vestuario, donde los médicos descubrieron el porqué del malestar de Hicks: había recibido varias dosis de estricnina.

¿Quisieron envenenarlo? Por el contrario, Hicks quiso abandonar en varias ocasiones durante la carrera, pero su equipo no le permitió, inyectándole la sustancia en dos ocasiones (reportes médicos de la época indican que una tercera hubiera sido normal) además de suministrándole un poderoso cóctel de ron y huevos. Todo esto, a la vista de los demás competidores, que por supuesto denunciaron la maniobra. Hicks, de todos modos, fue confirmado ganador, recibió semiconsciente sus premios y se retiró, como al cruzar la meta, sostenido, esta vez por cuatro doctores, para desmayarse camino al hospital.

El extraño evento final de las Olimpíadas tendría que haber sido ganado por el cubano Felix Carvajal, un simpático corredor que lejos de sentir fatiga se la pasaba charlando con el público y hasta corriendo de espaldas. Félix había llegado a San Luis tras juntar dinero en las calles de La Habana, perderlo apenas desembarcado en noches de juerga en Nueva Orleans y proceder entonces a dedo. Sin ningún tipo de vestimenta adecuada para correr, Félix se cortó las mangas de la camisa, los pantalones y corrió con calzado formal, liderando con calma hasta que, atacado por el hambre, el porfiado cubano decidió comer. Se desvió del curso de la carrera, robó unas manzanas de una quinta cercana y, lógicamente, fue atacado por un poderoso calambre estomacal. Entonces lo superaron Tau, luego atacado por un can, Lorz, en auto, y Hicks y sus entrenadores con jeringas, además de otros corredores. Increíblemente, tras la descompostura el cubano volvió a la carrera para terminar cuarto.

Las curiosas historias derivadas de una época de desorganización olímpica absoluta contrastan con los Juegos que conocemos hoy. El patrón de los Juegos, el Barón de Coubertin, condenó siempre los Juegos de San Luis, con sus aberraciones racistas que consideró “propias de una nación joven” y su puesta en escena circense. Estos excesos sumados al hecho de que las Olimpíadas hayan servido meramente como un condimento a la Feria Mundial, fueron una de las razones para la realización de unos juegos intercalados, disputados en Atenas en 1906, y marcaron el fin de una era signada por la desorganización.

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