PHELPS

“Phelps ya ha dado lo mejor de sí. Ahora está dando lo que le queda”, tiró el Washington Post cuando el de Baltimore quedó cuarto en los 400 combinados, tras entrar a la final por la ventana. ¿Tomamos noción cuando decimos que la actuación de un atleta ha sido decepcionante porque ha nadado cuatro pruebas y ha cosechado tres medallas, de lo que estamos hablando? Por supuesto, se trata del más grande atleta de todos los tiempos, quien a 3 pruebas del final de su carrera tiene un oro en Londres. Aún así resulta una cosecha enorme para cualquier atleta, ninguneada al tratarse de Phelps, incluso por el propio Phelps.

En verdad no es tan sorpresivo. Todos esperaban una superación de superhéroe del hombre pez, nadando por encima de las marcas de sus últimos tiempos, superándose cuando cuenta y demás: la realidad es que la previa de Phelps no fue demasiado buena, más allá de algunos reportes que informaban una preparación adecuada, y que la natación es tremendamente competitiva, como lo muestra la legión de nadadores jóvenes que se arriman a las marcas artificiales con facilidad y nadan con un hambre propia de los pibes. Lo de Agnel en la posta 4×100 libres fue tremendo y despojó a Phelps, de gran parcial en su posta, del oro; ayer la cosa fue mano a mano, con el de Baltimore saliendo a romper la prueba desde el arranque y encontrando la heroic resistencia de Chad Le Clos, sudafricano de 20 años que nadó con más resto, sí, pero sobre todo con un afán temible. Le robó la carrera y el oro en el último metro.

El vaticinio de dominio de Phelps, Lochte y Franklin no tuvo en cuenta la fuerza que ha cobrado la natación en distintos rincones del universo, desde el archinémesis yanqui China, cuyos atletas casi no conocemos y hacen cosas increíbles, hasta Africa. Ni hablar de Europa. El hype estadounidense encontró la resistencia de la realidad: Estados Unidos ya no es el líder indiscutido de la natación, aunque claramente mantiene la hegemonía con 14 medallas en total contra 5 chinas y 4 francesas. Le disputan los oros y las pruebas, pero la profundidad de la plantilla de natación norteamericana es demasiada para no seguir cosechando medallas casi por decantación: en cada podio hay un norteamericano.

Con este panorama de demasiada expectativa y algo de desencanto en el equipo norteamericano y en el propio Phelps, que en estos juegos nadó por primera vez en un carril 8 y quedó afuera de un podio, llegó la hora de la durísima 4×200 libres, ante rivales como la Francia de Agnel, que tras su osadía en los 4×100 es enemigo público, la China de Sun Yang, que sacó del podio a Lochte en los 200 libres, además de la Sudáfrica de Le Clos, el pibe que apenas una hora antes le había robado a Michael Phelps los 200 mariposa, su prueba, como a un novato.

Phelps era el cuarto relevo: como no podía ser de otra manera debía terminar él la carrera. Sabía lo que necesitaba: una más. Tenía 18 medallas, al igual que la gimnasta en blanco y negro Larisa Latynina, y con una más habría conseguido lo que vino a buscar antes del retiro. Como no podía ser de otra manera, su medalla para la leyenda no podía estar teñida de la frustración de una derrota: tenía que ser dorada, y fue dorada, con margen para desatar el festejo. Con sus 27 años a cuestas, con los 200 explosivos que nadó una hora antes, con la frustración enorme de la plata y sin oros en Londres, Phelps nadó los 200 metros que llevaron el triunfo para Estados Unidos.

El acabado nadador tiene 3 medallas en 4 pruebas, y le quedan aún tres por nadar. Algunos chicos impertinentes descuelgan el poster y salen a comerse al viejito: será desde el 12 de agosto su era. Pero todavía no. Todavía es la era del mejor atleta de toda la historia, que en el momento de mayor competitividad en el deporte consiguió 19 medallas olímpicas y contando. Podrán vencerlo, pero difícilmente puedan alcanzarlo.

NOTA RECOMENDADA:

El macabro juego de las presiones, por Juan Manuel Trenado para La Nación

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