Hacer escuela

Por Pedro Garay

El tenis de mesa viajó de Inglaterra al Oriente, donde mutó de pasatiempo en feroz competencia de reflejos infinitesimales y velocidad supersónica. Argentina, siempre inerme al resto del mundo desde su orilla inmune e impune, siguió jugando al pasatiempo inglés mientras algunos aficionados organizaban algo así como una federación y competencias oficiales: un laburo pulmonar similar al que han tenido que hacer muchos deportes anónimos.

Bueno, un tal día quiso la suere que cayera al país un tal Liu Song. Era chino, y un buen jugador juvenil en su patria, pero la familia se había venido para acá y la sangre tiraba: Songuito aterrizó en el país sin saber una palabra de castellano o una característica del país más allá de Boca, pero sabiendo, claro, que acá podía competir en su amado deporte, lo único que había querido averiguar antes de venirse.

Lo que no sabía Song ni nadie, era que su llegada cambiaría el deporte para siempre. Por supuesto que acompañado de otros esfuerzos, la llegada del querible argenchino jerarquizó un deporte que recién nacía a nivel olímpico. Si la generación de Song se benefició de los conocimientos del jugador, profesional en Europa desde muy joven, en cada torneo que disputó la selección, los posteriores se beneficiaron del crecimiento, desde infraestructura hasta jerarquía, que permitieron su llegada y sus logros panamericanos. Song, entre tanto, jamás renegó de volverse del Viejo Continente para competir con la celesta y blanca: cuando gana, como en aquella final de los Panamericanos que le permitieron adjudicarse el primer oro continental en su larga lista de preseas, festeja dando vueltas carnero de felicidad, como si fuera argentino de cuna. Y como si hubiera nacido acá, Songuito ama los asados.

Sin dudas el tenista de mesa más importante de la historia argentina, idolatrado por su pareja de dobles Pablo Tabachnik, otro de los grandes del deporte, y por el resto del seleccionado argentino, no pudieron evitar pedirle, tras su derrota ayer ante Tokic, que intente alcanzar los Juegos de Río 2016. Song, que llegaría con 44 años, respondió con palabras simples y claras, transparentes a pesar de su jerga argenchina, que lo importante no es si viaja a Río o no, sino transmitirle en lo que resta de su carrera toda su experiencia a los más jóvenes para que les sirva de preparación y les permita crecer a ellos de cara a los Juegos de Brasil. Lejos del divismo de las estrellas, Song le hace espacio a los chicos, al futuro. En un país que no es el suyo de nacimiento (sí, claramente, por adopción), Song hace escuela, gana, enseña y no le interesa seguir siendo el eje del equipo de tenis de mesa sino que el tenis de mesa crezca y se difunda, con su ayuda y la de todos.

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