Un cheque al portador

Por Gonzalo Bonadeo para Perfil

En la Argentina es uso y costumbre premiar a los deportistas después del éxito. Es decir, a un campeón se lo premia como tal una vez consagrado, o sea cuando, de algún modo, empieza a dejar de ser aquello por lo que se lo reconoció.

Sin dudas, es un buen gesto darles un reconocimiento a aquellos que se distinguen por encima de otros. El deporte profesional tiende esencialmente a eso a la hora de establecer retribuciones. Sin embargo, quedarse sólo en escalas de justicia no suele ser algo que viaje de la mano con esquemas de desarrollo o de planificación. La sabiduría pasa por saber echar el ojo encima del que puede ser. Ese instante en el que nos animamos a apostar por un talento en ciernes convierte una chequera, grande o chica, en un bosquejo de política deportiva.

Imagino en este preciso instante a una hilera de entusiastas lectores olímpicos pensando que este encabezamiento representa un prematuro castañazo a la dirigencia deportiva, a la Secretaría de Deporte de la Nación o a las direcciones deportivas regionales. Error. O, mejor dicho, no tanto. En realidad, esto de jugar a negro después de que el tirador cantó el ocho es tan viejo como los dineros públicos puestos en manos de los deportistas. Con excepciones, claro. Pero en un país en el que durante casi un siglo no se podía ni imaginar la posibilidad de cumplir siquiera un ciclo institucional democrático, mal podría aspirarse a construir una idea más o menos ambiciosa al respecto. A lo sumo, como dije, chequeras más gordas o más flacas.

Lo curioso es que esta tendencia de apostar a ganador después de que el caballo cruzó el disco es cosa frecuente también entre los auspiciantes privados. Rara vez se paga por el proyecto. Antes queremos la foto del podio. A Alejandra García, una de las más grandes atletas de nuestro país, el respaldo le llegó más o menos como lo hubiera necesitado después de ser finalista en Atenas. Imposible saber hasta dónde habría llegado ella de haber existido gente un poco más audaz o visionaria tomando decisiones en ciertas empresas y en ciertos organismos.

Como el de ella, los casos se amontonan. Y, por lo general, recurren en la mirada miope tanto estatales como privados.

Paula Pareto es uno de esos casos. La Peque debe estar todavía con los ojos llorosos por la nada que le impidió repetir la medalla de bronce de Beijing. Perdió por doble penalización durante los tres minutos extras después de un combate entero igualado ante una judoca belga. Fue su cuarta lucha en el día inaugural de Londres. Las cuatro en su ley. Ganó dos con el alma y sin nada que sobrara perdió otras tantas en la instancia de Golden Score. Quedó quinta, igual que la última campeona mundial, y recibió el primer diploma para nuestra delegación (el otro se lo garantizó Federico Molinari, finalista en anillas que aún puede mejorar ser uno de los ocho mejores).

La estudiante de Medicina que representa a Estudiantes de La Plata y vive en el norte del Conurbano recibió un buen apoyo estatal y, últimamente, un mayor nivel privado siempre como consecuencia de su logro en la China hace cuatro años. A Beijing llegó, según propia confesión, casi sin respaldo. El tema se me cruzó por la cabeza después de charlar con ella y notarla agotada de tanto trajín en los días previos a ese viaje.
Ya no podía cumplir con tanto compromiso. En gran medida, de onda. Entre el estudio, los viajes a los torneos, el entrenamiento, las movidas promocionales –ahí, por lo menos, le entraron unos pesos–, los compromisos solidarios y las entrevistas, Paula estaba más para integrar el Clan Nannis –ni Marcelo ni Dios lo permitan– que para venir a los Juegos. Llegó un punto en el que empezó a aceptar las notas, pero para agosto. Pero para agosto ya no servía. Tenía que ser ahora, ya. No vaya a ser que no vuelva a ganar y después ya no me interese.

Hoy Paula Pareto no ganó. Quiero decir, no ganó como en Beijing. Entonces ya no vale tanto como ayer. Al menos así se piensa en ciertos niveles. Les juro que es al revés. En primer lugar, un medallista olímpico es para siempre, jamás deja de serlo. Y en segundo lugar, hoy Paula nos da la formidable posibilidad de apoyarla sin un podio como disparador. Sin usar su logro, sino apuntándola en busca de una conquista aun mayor.

Sospecho que, después de unos días, ya en casa y después de un par de picados con sus amigas del fútbol, la Peque comprenderá que tiene cuerda rumbo a Río 2016. Por lo pronto, tiene un alma de competidora tan feroz como respetuosa de las normas y de las exigencias.

Desde esa base, esta Pareto que “no ganó” sigue siendo un cheque al portador.

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