El fuego olímpico

El deporte ha sido a la vez capaz de hermanar mundos en guerra y de fortalecer narrativas patrioteras y servir de propaganda a regímenes dictatoriales. La sana competencia, el sudor y el esfuerzo de los deportistas conviven con la obscenidad del dinero. Londres nos invita a creer en el deporte, en los Juegos y en el progreso de la humanidad, que buscará desde hoy atravesar las barreras: la búsqueda de la superación es el motivo por el cual no se puede no ser romántico acerca de los Juegos Olímpicos.

 Por Pedro Garay

 “No hay intereses, ni plata, ni odio. Solo ilusión y paz”, escribió anoche, tras la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, la tenista argentina Paola Suárez: así imaginó el Barón de Coubertin la filosofía del Olimpismo. Un viaje por la Inglaterra del siglo XIX y sus public schools (colegios para la aristocracia, a pesar del nombre, en los cuales nacieron los deportes modernos para disciplinar a sus alumnos) impresionó particularmente al barón, quien comenzó desde entonces a imaginar la organización a escala mundial de los juegos que antaño se realizaran en Grecia, que tendrían como objeto disciplinar y hermanar a través el deporte regido por la noción aristocrática de fair play, la competición sana. Coubertin fue uno más de los que en aquellos días tendieron puentes entre el helenismo y la modernidad al actualizar el humanismo de los clásicos.

Con el correr de los años las ideas optimistas de Coubertin fueron encontrando algunos problemas y mostrándose sumamente inocentes. Pronto en la historia olímpica, en medio de un contexto turbulento tras la Primera Guerra Mundial, el presidente del comité olímpico estadounidense y presidente del COI más tarde durante dos décadas, Avery Brundage, trabajó para que los juegos se disputaran en la Alemania nazi. Antes, en la edición de 1920, los derrotados de la guerra habían sido excluidos, y lo mismo sucedería tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los juegos comenzaron a ser, y lo serían durante tres décadas, un escenario más en el que se enfrentaban  Unión Soviética y Estados Unidos por la hegemonía mundial. Los Juegos Olímpicos nunca fueron una isla aparte de la coyuntura del mundo, y si se mostraron hijos de la era moderna, optimista y contradictoria: evidenciaron las fronteras, sirvieron para pavonear nacionalismos y pusieron de manifiesto también las diferencias socioeconómicas entre naciones en los resultados.

El Olimpismo estaba anclado en el amateurismo, la justa de los caballeros sin otra pretensión que mejorarse a través de la competencia, pero con el correr de los años la medida se reveló clasista y antidemocrática. Coubertin fue distanciándose poco a poco de la reglamentación. Sin embargo, la participación solamente de atletas amateur, que relegaba de los juegos a las clases obreras, fue sostenida sin embargo durante décadas, incluso en medio de obvias prácticas de marronismo, progresivo esponsoreo, la deserción de varios deportes y los millones de dólares que cambiaban manos en cada elección de sede. Recién en 1986, cuando los capitales privados financiaban totalmente los Juegos y los atletas eran subvencionados, el presidente Samaranch blanqueó la situación y permitió la participación de los atletas profesionales en las Olimpíadas.

Cuando el Olimpismo cedió finalmente paso a los atletas profesionales, hacía rato había irrumpido la mercantilización obscena en el deporte: las televisaciones y las marcas, que aportaban el capital para la organización, eran las dueñas de los Juegos, a pesar de realizar comercialmente lo contrario a lo sostenido por el movimiento olímpico. Hacía rato también que se enriquecían las federaciones y no los atletas: sobornos, comisiones y la corrupción dentro del propio movimiento convirtieron el Comité Olímpico del trabajo esforzado y gratuito de los primeros en un nido de serpientes bajo la tutela de Samaranch. Así fue elegida Atlanta, y no Atenas, para los juegos del Centenario. El actual presidente, el fuertemente conservador Jacques Rogge ha impulsado algunas investigaciones buscando disminuir, o al menos disimular, la tendencia a la corrupción que mancilla la imagen de los juegos y, por ende, el aporte de las marcas.

Andrew Jennings comenta como se paso del modelo amateur a la venta de los anillos en su libro “Dishonored Games”. Allí cuenta como Samaranch ganó su lugar al frente del Comité al conseguir el apoyo económico y poder de los países históricamente marginados de las decisiones en el COI, y lo consiguió gracias al aporte principalmente de Coca Cola y Adidas: las dos marcas “apostaron” por financiar fuertemente los Juegos y los mundiales de fútbol, y tras ellos, marcas líderes, siguieron otras empresas multinacionales buscando ligar su nombre al ideal del Olimpismo. Samaranch ingresó de la mano de Adidas, y empujó hasta conseguir la entrada de los profesionales a los juegos.

La subasta de los Juegos Olímpicos generó un caudal tan impresionante de dinero que muy pronto la gente del deporte quedó relegada de los cargos del poder, ocupados crecientemente por empresarios y abogados. En medio quedaron los países, que realizaban grandes erogaciones de dinero para traer los juegos a su país y terminaban construyendo estadios utilizados solo en aquellas ocasiones y perdiendo millones. Las deudas, sin embargo, las afrontan las administraciones venideras: los gobiernos que hospedan las Olimpíadas, por supuesto, son beneficiados con propaganda positiva fronteras adentro y afuera.

Basada antes en las ideas modernistas inglesas sobre deporte y sociedad que en las nociones helénicas, el lema olímpico desde 1924, “citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte, aunque en latín) hermana las dos filosofías: el corazón del olimpismo parece estar en el mejoramiento del hombre a través del deporte, y, en definitiva, en la superación de la humanidad. Es el escenario donde los límites humanos son empujados, centésima por centésima, centímetro por centímetro.

Por supuesto, el negocio, las presiones, la propia ideología de superación llevada al límite han provocado el cáncer del deporte, el doping, y también un negocio multimillonario en el desarrollo de las tecnologías que permiten artificialmente mejorar las marcas. El Olimpismo es un ideal maravilloso, pero la complejidad de las nociones modernistas y del contexto capitalista lo han vuelto complejo, ambiguo, manipulable. Aislar los nacionalismos, las inversiones públicas y privadas y, con tantos intereses en juego, las consecuentes sospechas de juego sucio, y centrarse en lo puramente deportivo requiere de un gran esfuerzo, en algún punto romántico y en algún punto ciego.

Beijing representó otra vez un juego en un país cuestionado por persecuciones políticas, una nación lejos de permitir las libertades que promueve el movimiento olímpico (el denominado “mundo libre”, por supuesto, también tiene su cuota de cruentas desigualdades). Sirvió de puesta de escena para que el régimen se luciera y avanzara en su proceso de alcanzar nuevos mercados y continuar su crecimiento como potencia global. El teatro incluyó, ya desde la apertura, una niña ligeramente occidental y “bella” haciendo playback mientras la dueña de la voz era censurada por gordita, y fuegos artificiales agregados digitalmente en las fotos liberadas del evento inaugural; además de la censura de Twitter y Facebook para controlar las cuestiones de este tipo que se han escapado a la luz pública y, lógicamente, las muchísimas voces disidentes que podrían haber aprovechado el foco mediático para reclamar; y, claro, a China realizando una espectacular actuación que la catapultó al frente del medallero por primera vez en su historia. Desde 1990 se trata de un país sospechado de practicar doping institucionalizado, con varios casos comprobados durante la década de los 90.

Nuevamente Londres vuelve a la austeridad, a poner las cosas en orden, como en los Juegos de 1908, tras el desastre de los juegos de San Luis y sus días antropológicos (la competencia que enfrentaba a supuestos salvajes, algunos de ellos simplemente atletas extranjeros, en rebajadoras competencias), como en los Juegos de posguerra de 1948. De recuperar los valores olímpicos, los valores en definitiva ingleses que inspiraron la creación de los Juegos allá por 1894.

Con su pebetero encendido por primera vez no por un individuo destacado sino por 7 jóvenes en representación de las 204 delegaciones (el movimiento olímpico tiene más miembros que las Naciones Unidas, e incluso permite a algunos deportistas competir bajo la bandera olímpica), la ceremonia inaugural promovió un retorno a los democráticos valores originales del Olimpismo. Solo que la Reina ocupó un rol relevante pero secundario, más ceremonial que jerárquico; la Princesa Ana, que compitió en equitación en Montreal 1976, no encendió el pebetero: el evento se corrió del elitismo originario y, desde esa construcción multirracial y multicultural de los anillos a través del poder de la industria, estandarte de la Inglaterra de la modernidad, devolvió el deporte al pueblo. “Los Juegos de Londres marcarán el futuro del movimiento olímpico”, dijo Ana del Reino Unido. “Inspire a generation” es el lema de esta edición.

Cada delegación se llevará, al terminar los juegos, su pétalo del democrático pebetero. “Esto es para todos”: las palabras que iluminaron la ceremonia a mitad de camino, lema de la internet que acompañó la aparición del creador de la web, el inglés Tim Berners-Lee, podría aplicarse a la ceremonia toda. El cineasta Danny Boyle, director de la ceremonia y de ese filme mágico-realista que fue Slumdog Millionaire, buscó remarcar la bondad de internet y los demás medios (la música, la televisión, el propio deporte moderno, creación inglesa), intentando rescatar del abismo del nihilismo los ideales modernistas: la ceremonia declamó que todo fruto de la modernidad sirve para unir a la humanidad. Londres volvió a humanizar los juegos, puro negocio y espectacularidad.

La puesta de la celebración, además, resultó relajada y feliz, alejado del monumental dramatismo chino. James Bond le pidió incómodo a la Reina que se apure; Mr. Bean interpretó el himno de Carrozas de fuego en medio de pasos de comedia; el inigualable y siempre feliz Paul McCartney subió al escenario. El final, con ese himno universal que es “Hey Jude”, probablemente sea inigualable: un gran abrazo a la humanidad, que siempre quiere creer, queremos creer, que podemos, y queremos, ser mejores, correr más rápido, saltar más alto: ser más fuertes no por nuestra cuenta, sino en comunidad. “El arte de vivir con fe, y sin saber con fe en qué”.

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