La Guerra Fría no terminó

Por Pedro Garay 

Como en un Elseworld en el que la disputa bipolar por el dominio del mundo continúa, los Juegos Olímpicos vuelven a ser el escenario de la disputa por el poder global entre Oriente y Occidente, comandada cada parte del mundo por modelos políticos y económicos (teóricamente) opuestos, que significan a su vez modelos deportivos opuestos: China, el ganador de la edición anterior, donde fue local, y Estados Unidos, histórico dueño del medallero.

En China, comunista al igual que Corea del Norte, el deportista debe ponerse al servicio de la patria. Los fondos del Estado son puestos al servicio de los atletas con talento y posibilidades de medalla, completamente disociado de lo que es el deporte social. En las escuelas, además, hay especial hincapié en los deportes olímpicos, aquellos que reparten la mayor cantidad de medallas: gymnasia, atletismo, y recientemente natación. El deporte es una cuestión de Estado, un modo de publicitar un modelo.

A partir de que se adjudicaron la organización de los pasados juegos de Beijing, la inversión se exacerbó. Aquella fue la oportunidad publicitaria perfecta para el pueblo chino, que realizó unas Olimpíadas verdaderamente monumentales que costaron 60.000 millones de dólares, fastuosidad de la cual intentará diferenciarse ahora la siempre mesurada Londres, para colmo inmersa en una gran crisis económica donde los escandaletes por corrupción que siempre existen alrededor de los millones olímpicos o los típicos  megagastos en infraestructura inútil dos semanas después  (gran parte del ahorro de los presentes juegos, presupuestados en 5.000 millones pero que ya van por los 12.000, lo realizarán al levantar estructuras desmontables) no son tolerados como en épocas de vacas gordas. China consiguió en aquellos juegos una histórica actuación en el medallero, competencia en absoluto oficial pero referencia obligada para hablar de hegemonías en el deporte mundial: la posición final en los Juegos de cada país no reparte premio material pero equivale a la posición en el deporte mundial y por ende, es índice de su posición hegemónica en el orden global. Se trata de un premio simbólicamente crucial a la hora de construir narrativas nacionales.

Aquel posicionamiento de China en el mercado deportivo que acompañó su política de apertura al mercado mundial en busca de controlarlo, implicó el simbólico desplazamiento de la cima deportiva de Estados Unidos. Por supuesto que habitamos un mundo multipolar, con varios países no alineados a esta pugna que son verdaderas potencias, y sin embargo, todo sigue apuntando a esta destinada batalla entre las dos potencias supremas hoy. Le han mojado la oreja a Estados Unidos, que pretende recuperar el liderazgo en el medallero y volver a ser el “ganador” de los Juegos.

El modelo estadounidense es, por supuesto, privado, no estatal. Y sin embargo, o quizás por ello, profundamente nacionalista: los deportistas son modelos hasta forzarles un puritanismo añejo, y la cita olímpica representa su momento de verdadera apertura al mundo. Ellos, que disputan en las competencias locales “campeonatos del mundo”, salen de su encierro soberbio a demostrar su superioridad: cada derrota es una derrota de la patria, una patria construida no desde lo público sino desde lo privado, una patria que unifica a sus ciudadanos a partir de buscar la desregulación total de sus actividades, la disolución del Estado. En el modelo norteamericano no hace falta que el Estado ponga el dinero para el desarrollo: si se trata de un negocio lucrativo, y lo es porque ellos han ayudado a montarlo mediáticamente, el deportista que realmente se esfuerce tendrá la oportunidad de crecer y competir porque recibirá el apoyo privado: versión más concreta, más económica, menos romántica del sueño americano que se articula con la educación universitaria, también privada y sin embargo dispuesta a abrir sus puertas y billeteras a quienes sobresalgan deportivamente o en otros aspectos.

El deporte no es el ingenuo divertimento hermanador que proponía el Barón de Coubertin con algo de inocencia y mucho de conservadurismo: una y otra vez ha operado de vidriera cada vez más multitudinaria a las disputas de poder. Producto de esta pugna los países hegemónicos han invertido mucho dinero en el deporte, que es la patria, y se han transformado en verdaderos monstruos olímpicos: siempre que no ganó el organizador (Francia en 1900, Gran Bretaña en una espectacular actuación en los primeros juegos de Londres, en 1908, y, por supuesto, Alemania durante los infames juegos de Berlín; seguramente Gran Bretaña hará un gran rol en estos Juegos y también Brasil, potencia en ascenso que se preparó para mostrar la punta del iceberg de lo que será Rio 2016) han obtenido el primer puesto Estados Unidos o la Unión Soviética. La disolución del bloque soviético provocó una obligada merma en la arrolladora recolección de preseas rusas, pero el legado de aquel modelo deportivo dejó una nación siempre fuerte y expectante en el medallero, sobre todo a partir de su gran tradición en los deportes olímpicos.

Quien lentamente fue mediando en su disputa, desde Atlanta 96, fue China, que consiguió en sus Olimpíadas la cabeza del medallero pero enfrenta el desafío de repetirlo fuera de casa. Parece increíble, pero el tenso equilibrio existente entre las potencias del deporte, lejos de disolverse, parece, sencillamente, haber cambiado de nombre. Por supuesto, quienes insisten en la despolitizada inocencia de los Juegos deberán ignorar la evidencia concreta: quienes han controlado el mundo, han controlado las Olimpíadas.

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