Regreso a casa

Por Ezequiel Fernández Moores  para La Nación

“En esta cancha, el barón de Coubertin encontró inspiración para fundar los Juegos Olímpicos de la era moderna”. La cancha de Rugby School está en la ciudad homónima, condado de Warwick, pleno centro de Inglaterra. El barón Pierre Fredi de Coubertin la visitó en 1883, cuando tenía 20 años, en el marco de una gira por Inglaterra. Quedó impactado. Y decidió qué rumbos darle a su vida. El barón interpretó que el deporte, tal como lo enseñaban las escuelas de élite de Inglaterra, era la mejor herramienta para educar y formar personas. Universalista, Coubertin fundó en 1894 el Comité Olímpico Internacional (COI). Y en 1896 celebró en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Casi 120 años después de aquel viaje iniciático del barón, los Juegos vuelven a Inglaterra. Coubertin lo agradecería. Porque Grecia fue la gran referencia de su obra olímpica. Pero la musa inspiradora fue Inglaterra.

La gira de 1883 no se limitó a Rugby, la escuela en la que, según una leyenda cada vez más objetada, William Webb Ellis corrió por primera vez con la pelota en las manos y dio nacimiento al deporte homónimo. Coubertin visitó también Harrow, Eton, Wellington, Charterhouse y Westminster, entre otras. Las “public schools”, lejos de ser públicas, eran y son las escuelas de la alta burguesía, que incluyen a sólo el 3 por ciento de los estudiantes ingleses. Al barón, cuenta Andrés Mercé Varela en su biografía “Pierre de Coubertin”, le entusiasmó el “autogobierno democrático” de los estudiantes. En rigor, ese “autogobierno” derivó en abusos físicos, matanzas de animales, destrozos y en la práctica de un fútbol violento y casi sin reglas en los tiempos libres, imposible de ser frenado por directores de escuelas a quienes los alumnos consideraban meros empleados suyos. De 1728 a 1832 la tensión provocó 18 rebeliones en las public schools más importantes, 4 de ellas en Rugby. Fue necesaria la intervención del Ejército para controlar a los alumnos, cuenta Eric Dunning, un estudioso sobre los orígenes del deporte en la Inglaterra victoriana.

Thomas Arnold, pastor anglicano y rector de Rugby de 1828 a 1842, pacificó la escuela usando al deporte. Pudo hacerlo porque Rugby era menos elitista que otras public schools. Su obra quedó reflejada en “Tom Brown’s Schooldays”, un libro de 1857 escrito por Thomas Hughes, alumno de la escuela en 1830. La tarea de Arnold en Rugby es considerada por los historiadores como la gran inspiradora de los Juegos Olímpicos reflotados por Coubertin. “¿Cree que el renacimiento del Imperio Británico se debe, esencialmente, a la reforma pedagógica de Arnold?”, preguntó Coubertin al líder liberal Williams Eward Gladstone, personaje público más relevante por entonces en Gran Bretaña. La doctrina del “Cristianismo Muscular” de Arnold, discutida por otros autores que citan al pedagogo como desinteresado en realidad sobre lo que sucedía en los campos de juego, colocaba al deporte por encima de la formación intelectual. El deporte como formador del carácter, disciplina colectiva, esfuerzo e iniciativa personal y con el único límite que impone el reglamento, decía Coubertin. La historia habla de una Inglaterra que reglamentó y se proclamó inventora de deportes que, en rigor, ya jugaban otros pueblos, pero a los que Gran Bretaña impuso el “fair play” de sus “gentleman”, como también su culto a la fuerza física y las apuestas, además de su nacionalismo y movilidad social. Apenas volvió a París, Coubertin pidió audiencia al presidente Sidi Carnot para convencerlo de que el modelo inglés debía ser trasladado a Francia.

Liberal, republicano y reformista, pero a su vez crítico de la Revolución Francesa, Coubertin, cuenta por su parte el periodista británico Andrew Jennings, “estuvo también muy influenciado por las ideas del filósofo Frédéric Le Play sobre el paternalismo ilustrado, una doctrina fundamentalmente antisocialista”. Para evitar otro estallido como el de 1789, pensó en los Juegos Olímpicos como herramienta de “armonía social que pudiese apoyar el orden existente”. Y los proclamó “universales”, aunque con cinco nobles europeos y dos generales entre los 15 miembros fundadores. Casi veinte años después, Coubertin añadió diez príncipes, condes y barones más, entre ellos a su sucesor, el conde belga Henri de Baillet-Latour. Entre los miembros fundadores hubo también un educador argentino, el notable pedagogo y abogado entrerriano José Benjamín Zubiaur, rector del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay de 1892 a 1896. Sin fortuna personal, y convencido de que los Juegos Olímpicos debían servir más a la educación que a la mera competencia deportiva, Zubiar no viajó a ninguna reunión europea y el COI lo echó en 1907. Amante de la educación, Zubiaur renunció a convertirse “en el Coubertin sudamericano”, escribió César Torres.

Coubertin, que ya en aquella iniciática gira inglesa de 1883 visitó también la universidad obrera y pública de Tonybeee Hall, en Whitechapel, uno de los barrios más pobres de Londres, descreyó siempre del deporte elitista y de la concepción de que sólo los “amateurs”, las clases más pudientes, podían hacer deporte. Una filosofía completamente enfrentada con la del cruzado amateur Avery Brundage, defensor de los Juegos de 1936 en la Alemania nazi. El millonario estadounidense fue el presidente COI (1952-72) más célebre después de Coubertin, hasta que en 1980 llegó el español Juan Antonio Samaranch de la mano de Adidas para autorizar a los profesionales a competir en los Juegos. Coubertin, que murió pobre, terminó distanciado de su familia y dilapidando hasta su fortuna personal para que el deporte pudiese llegar a las clases obreras. Tal vez saludaría hoy la vuelta de los Juegos a Londres. Inglaterra recibirá por tercera vez a los Juegos después del gigantismo récord de Pekín 2008. Londres, que ya fue sede en 1908 y 1948, dice ahora que sus Juegos serán “la vuelta a la normalidad”. La Inglaterra rural con vacas, ovejas y cricket que promete el inicio de la ceremonia inaugural preparada por Danny Boyle, director de Trainspotting, podría hasta imaginar una vuelta a los viejos tiempos victorianos. Ni el propio Coubertin se lo creería.

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