Ni cuerpo ni mente sana

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Por Marco Vera Einfalt

En el año 1988, Seúl, capital de Corea del Sur, fue encargada de realizar los Juegos Olímpicos de verano, esta nación cuya mayor exportación son los materiales semiconductores, marcaría un antes y un después en situaciones de dopaje en el deporte olímpico. Sucesora de Los Ángeles 84, predecesora de Barcelona 92. Seúl obtuvo la sede en la 84° sesión del Comité Olímpico Internacional (COI), realizada el 30 de septiembre de 1981 en la ciudad de Baden-Baden, Alemania Occidental. Derrotó a Nagoya, territorio japonés, por 25 votos.

Durante la ceremonia de inauguración se liberaron palomas blancas, habían sido importadas, sin embargo, algunas de estas aves murieron durante el encendido del pebetero olímpico desdicha que presagiaba el futuro infausto de los juegos. Además, el medallero oficial lo encabezo la U.R.S.S pescando 55 preseas doradas, en segundo lugar, apareció La Republica Democrática Alemania cazando 37 medallas de oro, completó el podio Estados Unidos cogiendo 37 filigranas doradas. A favor de la nobleza deportiva se ejecutaron pruebas de anti dopaje, fueron estrellas en estos juegos con la descalificación de siete atletas, entre las que destaca la descalificación del corredor canadiense Ben Johnson. Justamente en 1928, la Federación Internacional de Atletismo fue el primer organismo que prohibió el uso de sustancias dopantes (concretamente estimulantes). No obstante, está oposición no era efectiva, porque no existían métodos para detectar dichas sustancias. Está situación se agravó cuando comenzaron a comercializar las hormonas sintéticas en 1930 y empezaron a utilizarse en el mundo deportivo a fines 1950. También, en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960, el ciclista danés Knud Jensen murió durante la competición y la autopsia reveló que había ingerido “anfetaminas” (sustancia que mejora: el ritmo cardiaco, presión arterial, tensión muscular y los impulsos nerviosos), al mismo tiempo se descubrió que varios deportistas consumían “testosterona” (hormona que aumenta la masa muscular). Fue el punto de quiebre para el COI, ante estos hechos tramposos, desleales y desiguales, las autoridades deportivas decidieron introducir los controles de dopaje. En 1966 las Federaciones Internacionales de Ciclismo y Fútbol fueron las primeas en instaurar este sistema. En México 1968, el sueco Hans-Gunnar Liljenwall participante del pentatlón moderno, inauguró la lista de doping positivo. Finalmente en 1969 el COI instauro las inspecciones en los Juegos Olímpicos de Invierno de Grenoble, pequeño poblado de Francia. Lamentablemente es una rueda de nunca parar, además aparecen  nuevos fármacos que generan nuevas pruebas.

El caso más emblemático de dopaje en los Juegos Olímpicos, se refiere al corredor jamaicano nacionalizado canadiense Ben Johnson. El 24 de Septiembre, en el estadio olímpico de Seúl, se desató la batalla de la velocidad entre Carl Lewis, el hijo del viento, contra su enemigo, el musculoso Johnson. La diferencia de contextura muscular era significativa, mientras el estadounidense era de grandes zancadas y piernas esqueléticas; el canadiense era potencia muscular en su máximo esplendor. Lewis siempre fue favorito para revalidar la medalla de oro, recordemos que en los juegos olímpicos anteriores había conseguido cuatro medallas doradas, igualando al mítico Jesse Owens. Además en la previa al evento deportivo del año, Johnson sufrió una lesión aumentando el favoritismo de su oponente. Los momentos previos de la carrera la tensión era sobresaliente, la mirada de Johnson desafiante, un instinto retador, una maquina corredora. El inició fue espectacular, una explosión de fuerza y velocidad, a la mitad de la carrera ya se visualizaba el ganador. Al cruzar la meta Johnson levantó su puño derecho señalándole la victoria a los dioses. Finalmente Johnson derrotó a Lewis, bajando su propio récord mundial a 9.70 segundos mientras que el estadunidense marcó un tiempo de 9.92 segundos. Tras finalizar la carrera Johnson señaló: “la medalla es más importante que el récord mundial porque la medalla nadie te la puede quitar”. En el país del corredor más rápido del mundo cubrieron la noticia y se alegraron por la gloria de ganar la medalla de oro y batir el récord mundial. La portada del Toronto Star el 25 de septiembre fue “Benfastic”, para describir la gran hazaña. Tras la victoria había conseguido contratos con Diadora, la Kiodo Oil, Mazda, Valio y Toshiba. Sin embargo, en las muestras de orina de Johnson se encontraron restos de Estanozolol, fármaco que aumenta el apetito e índice de masa corporal, obviamente prohibido por el COI, tres días más tarde fue descalificado, su inhabilitación otorgó la medalla de oro a Carl Lewis, perdió el récord del mundo y el respeto de los dioses, la IAAF lo sanciono con dos años de castigo, mientras que el ministro de deportes de Canadá, Jean Charest, lo sancionó a perpetuidad. Su  mánager, Larry Heidebrecht, cifró las pérdidas en contratos en unos 10 a 15 millones de dólares. Los medios de comunicación publicaron la caída de Johnson, durante esa semana lo culparon con portadas, donde se podía leer: ¿Por qué Ben? ¿Por qué lo hizo?

Este triste hecho, sin duda, fue una mancha en los juegos olímpicos. Johnson después declaró que antes de los juegos, debido a su lesión empezaron a inyectarle cosas, y que no sabía que eran… Ben Johnson no preguntaba: él solo quería recuperarse.

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