La dinastía del voley argentino

Los padres forjaron una hazaña para la historia cuando contra todos los pronósticos conquistaron el bronce en Seúl 88. Los hijos escucharon hasta el cansancio las historias y van a Londres con ganas de superar el mito.

Por Pedro Garay

Para VAVEL.COM

El camino hacia los procesos deportivos exitosos parece ser claro, aunque largo y arduo: involucra un proceso integral, deportivo pero también institucional, de crecimiento progresivo y objetivos cortos, donde se le da particular atención a la formación de jóvenes con los valores y el estilo de juego de las divisiones mayores, proporcionando así un crecimiento generacional conjunto que alimenta al equipo de una mística grupal, desde muy chicos: los viajes, las buenas, las malas, las rivalidades, experiencias atesoradas por los jóvenes deportistas, son claves en la construcción del sentido de pertenencia. “Somos una familia”, suelen decir los equipos campeones como explicación. Sólo que esta vez, se trata de una familia de verdad.

El primer batacazo lo dieron los padres. Un coreano perdido en Argentina, casi un maestro Splinter del voley, Young Wan Sohn, inició el proceso fundacional al confiar en las posibilidades de una generación naciente. En 1982 se jugaba el Mundial en Argentina, y Sohn convocó a un grupo de jóvenes con buenos resultados en juveniles para disputarlo. El tercer puesto logrado ávasalló cualquier pronóstico entusiasta aniquilando la categoría de sorpresa para convertirse en un batacazo epopéyico hecho y derecho. Jóvenes desconocidos que no sabían si continuar con el vóley o dedicarse a una vida seria y profesional súbitamente no tuvieron que decidir: se encontraron con ofertas de Europa y hacia allá zarparon. Los nombres de algunos de ellos, que pasarían a la historia del deporte argentino, eran Waldo Cantor, Hugo Conte, Daniel Castellani, Jon Uriarte y Raúl Quiroga.

Los buenos resultados siguieron: a Los Angeles 84 fueron a cholulear, pibes con ganas de sacarse fotos con los grandes del voley, y alcanzaron el sexto puesto. Fueron sextos en el Mundial de Francia 86, y en el camino dejaron victorias para el recuerdo, como ante la imposible Unión Soviética en el 85. Pero el quiebre, la madurez del grupo joven, llegó en el Preolímpico de 1987, jugado en Brasilia: el torneo repartía apenas una plaza para los Olímpicos de Seúl 88 y lo jugaban bestias como Brasil (plata en Los Angeles), Cuba (quinto en el Mundial) y Francia. Pero los argentinos no solo dieron cuenta del local: despacharon también en el partido por la clasificación a Cuba por 3-1. En ese torneo el grupo se dio cuenta que estaba para grandes cosas: “Fue el punto de partida para lo que vino después”, cuenta Javier Weber, entonces ya el armador suplente del equipo.

Los dirigidos ahora por Luis Muchaga fueron a Seúl con muchas ganas de quedar en la historia. Ya con sobrada experiencia y con jugadores absolutamente brillantes a nivel mundial (Conte y Kantor son considerados dos de los mejores jugadores de la historia), aquel equipo se juramentó pelear por algo. Una derrota clave ante la superpotencia Estados Unidos, luego de ir arriba dos sets a nada, lo ubicó en el peligroso sendero de los soviéticos. Argentina perdió la chance así de disputar el partido por la medalla de oro. En el puesto por la de bronce lo esperaba su archinémesis Brasil: en el partido de sus vidas, Argentina despachó al clásico rival por la mínima, en un encuentro durísimo. Los criollos jugaban mejor, pero eran traicionados por los nervios continuamente. No es fácil disputar un partido por medalla, mucho menos contra los enemigos de siempre: pero cuando los cariocas empataron en 2 sets, reunidos para salir a jugar el set definitivo la Selección se juró dejar las dudas en el banco. Era la hora señalada: un 7 de octubre de 1988, Argentina sería de bronce.

El retiro de algunos, el necesario recambio y el surgimiento de una camada criada con las epopeyas de la generación gloriosa del voley provocaron un inicio de década con resultados menos espectaculares. No era el fin abrupto, sino una transición hacia una nueva era alimentada por los mitos del 80. En el 95 llegó el primer batacazo con un triunfo en el Panamericano de Mar del Plata ante los vecinos: una Argentina alimentada por nuevos valores como Milinkovic, Meana o Elgueta (el Goyco del voley), sostenidos por el ahora emblema Javier Weber, superó a la imbatible EE UU y dio rienda suelta a un festejo alocado. Un año más tarde, en Atlanta 96, se llevarían de souvenir un festejado triunfo ante Brasil. El entrenador de este equipo que renovaba la mística no era otro que Daniel Castellani. Por las gradas andaba su hijo Iván, de cuatro años, absolutamente desinteresado hasta la negación del alboroto que generaba su papá y sus dirigidos.

La actuación más brillante de aquel equipo llegaría recién en 2000, con la nueva generación más asentada y madura. Era el momento de la cita olímpica y nadie tenía a Argentina candidata en los papeles. El equipo viajó reforzado por Hugo Conte, quien salió del retiro sin esfuerzo y marcó el rumbo que llevó a Argentina hasta un nuevo duelo con Brasil, en cuartos de final. Aquel triunfo es sin lugar a dudas, junto al mundial del 82 y la medalla de Seúl, el tercer hito del deporte en Argentina. La Selección terminaría cuarta, pero antes caería en un duro partido ante Rusia que el gran Hugo recuerda con nostalgia: “Tendríamos que haber ganado 3-0 y perdimos 3-1. Si hubiésemos conseguido la medalla plateada no le hubiésemos robado nada a nadie”. Sin embargo, Argentina tuvo que enfrentarse en el partido por el tercer puesto ante la enorme Italia, que había sido despachada por la aún más gigantesca Yugoslavia, finalmente campeona. En las puertas de repetir aquella hazaña del 88 quedaron los albicelestes, un cuarto puesto que se recuerda con alegría, sobre todo, claro, por la victoria en cuartos…

Atenas 2004 fue la despedida de aquella generación, un quinto puesto que reafirmaba el lugar entre los privilegiados del voley nuestro a pesar de las dificultades económicas que entonces tenía la liga local, en pleno proceso de refundación. En 2006 asumió la conducción Jon Uriarte. Su obsesión apasionada por el juego y las estrategias lo habían llevado hasta Australia para dirigir al seleccionado, aventura que se terminó aquel año pero que fue de gran experiencia para su hijo: en aquel país Nicolás definitivamente olvidó sus días de futbolista para pasar a formar parte, con apenas 13 años, de la primera de un club local. El ciclo de Uriarte estuvo marcado por un ambicioso proyecto integral que se vio terminado de repente al no clasificar a los Juegos de Beijing. En Londres padre e hijo se enfrentarán, uno con la albiceleste y el otro al frente de Australia.

En su lugar, asumió Javier Weber, para continuar con la tradición de la transmisión de la mística y las ganas de hacer historia. El equipo de Javier se fue alimentando de un grupo de jóvenes que pintaba para enormes promesas: en 2009 Crer, Conte y un Castellani que desde los quince le había tomado el gustito al voley, encabezaron junto a Uriarte, Sole y Poglajen al equipo que quedó tercero en el mundial juvenil. Todos ellos estarán en Londres. Dos años después, Castellani y Uriarte lograrían un segundo puesto mundial en el equipo de los más chicos que depositaría al país en lo más alto del ranking juvenil. En el mismo año participaron del equipo que consiguió un inédito cuarto puesto en la Liga Mundial, confirmando que Argentina vuelve a estar en la elite.

“Los procesos a largo plazo funcionan. Nosotros encontramos una química de grupo muy fuerte: nunca disfruté tanto de jugar como en este seleccionado, donde se juntaron diferentes camadas de chicos que pelearon cosas importantes en las selecciones menores. Y esa unión entre nosotros es fundamental. Si cada vez que nos juntamos nos enchufamos, dejaremos de ser una promesa para ser una realidad. Aún nos quedan algunos años para consolidar al grupo, que tiene ganas de triunfar. Estamos cerca de dar el salto de calidad”, explica el capitán Rodrigo Quiroga, sobrino del Quiroga de bronce.

Esta camada viajará a Inglaterra buscando el batacazo: saben de qué se trata un juego olímpico, vivenciaron las historias de sus padres en innumerables asados, y desfachatados, quieren emular, quizás hasta superar el mito. Sin embargo, resaltan los especialistas, aún hay lugar para el crecimiento, lo que significa que aún hay cosas que aprender: “Este año pueden dar el batacazo, pero sus olimpíadas serán las de Río 2016”, resalta un orgulloso Hugo Conte. A favor del golpe, sin embargo, juegan el talento, el deseo y, en palabras del Conte joven, “la inconsciencia”, el jugar sin presiones. Irreverentes, manijeados por las historias que sus papás contaron demasiadas veces y conocedores desde chiquitos de ese intangible que llaman mística, irán por todo con el hambre voraz de la juventud.

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