Divide y reinarás

En el escenario más aristocrático del deporte, el más elegante de los jugadores fue alentado por sus majestades para, en tiempos de tenis sudado y esforzado, devolver el reinado al que hace todo sin esfuerzo. Pero en la previa, poco consideraran verdaderamente a Federer candidato a Wimbledon. Credenciales no le faltaban, pero hace rato que se cuestiona su vigencia, en algún punto real y en algún punto sensacionalismo y desvalorización de lo que puede aportar la madurez al tenis: después de todo, es el 3 del mundo, y desde 2011 ha jugado seis semifinales sobre siete de Grand Slam. El nuevo bipolio, en tanto, no parece poder emular, desgastado e irregular, los cuatro años de competencia feroz y caballeresca entre Nadal y Roger: Nole, menos voraz, no es el modelo 2011, y Rafa luce herido, seleccionando sus batallas y dejando pasar otras. Presionados ambos por la lucha del número uno, cuerpo y mente magullados tras sus finales de tenis extremo, el Rey Federer, que de asuntos cortesanos sabe bastante, esperó a que se sacaran los ojos y, parsimonioso, caminó  al trono casi sin que nadie lo advirtiera.

La final con Murray sobró. Coach Lendl efectivamente levantó un poco esa actitud de perdedor empedernido, de eterno segundón, del británico, fantástico jugador deslucido por tres titanes de la historia del deporte. Pero eso no alcanzó para entrar en el All England y pelear contra sus demonios (4 finales de Grand Slam y ninguna copa en la vitrina) y los de su país (76 años sin un ganador británico en el verde césped de Londres en la competencia masculina): sirvió para ponerle cierto picante a un lindo partido, muy parejo. Pero, al final del día, los parciales se fueron igual para Roger y, tras el clásico parate por lluvia, también el partido. Lo único que tuvo que hacer el mejor de la historia fue empujar a Murray a pensar. En desventaja todo el encuentro desde que Roger igualó a uno los set, la debacle del escocés fue lenta pero inevitable.

Todo pareció un trámite para el aristocrático talento de Federer, siempre calmo y armónico. Tuvo varios partidos flojos, pero los sacó adelante. Olfateaba lo que pasaba en la corte: un rey vulnerable y un conspirador cansado le dejaban servido, contra todos los pronósticos, el trono que le pertenecerá para toda la eternidad. Nadie lo tenía hasta el domingo: una falta de respeto para Su Majestad que seguramente sirvió de combustible. La final ansiada, morbosa revancha de Wimbledon 2011 y del reciente abierto francés que pusiera el 1 en juego entre Nole y Rafa, se diluyó producto del desgano de Nadal y de la inteligencia de Federer para sacar a Djokovic del torneo. En la final real Roger tiró la chapa. El rey sigue siendo el rey: miró mientras sus contrincantes se deshacían en inútiles batallas, capturó los despojos de la guerra y está de nuevo en su trono. ¿Vigencia? Conquistó su séptimo Wimbledon, alcanzando los 7 de Sampras, y comenzará su semana número 286 en la cima del ránking, igualando el record absoluto de Pistol Pete y muy lejos de quienes pretenden su reinado. Ya decía el bolero, “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”.

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